No puedo cantar

Te levantas y, cuando vas a lavarte la cara, descubres en el espejo que el escepticismo se te ha pegado al pensamiento con la misma alevosía que las legañas en las niñas de los ojos. Y te dices que tú no eres ese, no puedes ser semejante individuo después de haber creído en la verdad como camino de progreso durante tantas décadas de tu jodida vida.

Pero estás allí, el pelo revuelto, el pijama arrugado, la somnolencia en los párpados y el escepticismo martilleándote en los oídos. La primera intención es apagar el aparato de radio y anular las voces de los informativos, de los tertulianos, de los políticos… porque son ellas y ellos quienes te han clavado en el cerebro, con los mismos clavos de Cristo, la imagen de escéptico que te devuelve el azogue del cristal. Te preguntas si vale la pena escucharlos, reflexionar y escribir una sola idea o sugerencia más para mandar al cubo de reciclaje de la inteligencia. Y, como en ese instante no crees en la verdad, no te queda otro remedio que lavarte la cara por ver si el agua fresca te restaura la fe en la humanidad.

No. Porque no es el agua del bautismo, ni la fe de mis mayores, ni “el cantar del pueblo andaluz, / que todas las primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz” -Antonio Machado-. Por tanto el agua no te reconforta. Y apagas la radio. Les cortas las lenguas a esos conservadores travestidos en Gobierno insumiso contra el Poder legislativo al que se deben por la voluntad de los votos. Sus mentiras mediáticas son más poderosas, aunque no tengan fundamento ético. Son las reglas del juego legal que nada tiene que ver con la verdad, si es que existe.

También has cortado los argumentos de la vieja indignación. Y, como no quieres consagrarte escéptico, buscas en el desván del recuerdo las ideas cinceladas contra las castas políticas. Pero ¿qué encuentras? Una retahíla de dimisiones y ceses orgánicos dentro de las fuerzas emergentes y a un tipo con coleta que discursea sobre el enamoramiento en la palestra del Parlamento y escribe cartas de amor a los indignados. ¡Eureka! La verdad estaba en las endorfinas. Química eres y en química te convertirás. ¿Ese es el cambio prometido?

Y de pronto te importan un bledo los desvelos de los socialdemócratas en su laberinto, agarrados al hilo de Ariadna y con la lámpara de Diógenes buscando un pacto honesto, dando tumbos de una suma a otra sin percatarse de que no es Alejandro Magno quien les tapa el sol del tonel. Es la realidad tergiversada por los intereses partidarios. ¿Vale la pena seguir mandando naves contra los elementos? Quizás. Total, también Felipe II mintió y su Armada Invencible vencida se estudia como una verdad indiscutible.

Enseguida preparas el desayuno con el televisor encendido. Y ahí te asalta el boato de la Semana Santa mezclado con los ahogados frente a las costas griegas y los refugiados en el lodo. Y otra vez te resuena Machado en el cerebro “no puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino el que anduvo en la mar”. Una saeta escéptica, óptima para este domingo de resurrección. Escúchenla.

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