Besteiro no es el fin

Quizá a usted, paciente lector o lectora, le suenen estas operaciones: Pulpo, Campeón, Cóndor, Garañón, Pokémon, Manga y Carioca. Desde hace seis años son las balas que alimentan la ruleta rusa de un rincón de la Justicia en Galicia. Lo que probablemente no le suenen son los cientos de implicados o complicados en estos procesos judiciales abiertos desde Lugo. Es tan grande la relación de personajes que la guía telefónica va camino de convertirse en su hermana menor.

El último fogonazo se ha llevado por delante la diana de José Ramón Gómez Besteiro, otrora presidente de la Diputación de Lugo, hasta el pasado viernes Secretario General de los socialistas gallegos, tras un nuevo disparo de la operación Pulpo en la que incluso aparecen presuntas irregularidades anteriores a su mandato en el Gobierno provincial. Besteiro, siguiendo la moda de dimitir al ser acusados o investigados, ha decidido renunciar a la carrera por la presidencia de la Xunta y ha apagado la luz de su despacho en el PSdeG-PSOE. Unos lo aplauden y otros lo lamentan.

Yo lo lamento por él, cuya carrera política se trunca antes de demostrar su capacidad o incapacidad para alcanzar objetivos y llegar o no a la meta. Pero, especialmente, lo lamento porque esta dinámica no debe ser aceptable como buena praxis de la vida democrática. Para mí, Gómez Besteiro no es el fin de esta operación, como tampoco lo fueron los alcaldes de Lugo y Ourense, Xosé López Orozco y Paco Rodríguez, o José Blanco, o Lara Méndez por un día, o tantos otros.

No voy a aventurar conjeturas, ni políticas ni de justicia, para tratar de llegar al festín de la verdad, me limitaré a lamentar y pedir en nombre de la cordura la urgente resolución de todos los casos, la mayoría abiertos como quien juega con una matrioska. Me limitaré a proponer a todos los personajes públicos una huelga de dimisiones hasta que se vean con sentencias condenatorias firmes en las manos.

Los ciudadanos hemos perdido la memoria de por qué se iniciaron la mayoría de estas investigaciones hace seis años. Tenemos constancia, eso sí, de la destrucción política y social de la mayoría de los nominados. ¿Es justo, democrático y eficaz que una investigación se prolongue tanto tiempo, que se enrede en una telaraña cada vez más tupida e inextricable? Lejos de mí justificar ningún tipo de corruptela o corrupción, pero tengo la certeza de que si la hipocresía que ha conducido a los políticos al sonrojo y la dimisión frente al dedo acusador no se tuviera en cuenta, el funcionamiento de la Justicia sería menos espectáculo, menos oportunista, más serio y más justo.

Yo jamás habría animado a Besteiro a dimitir, dando de este modo carta de legitimidad a las sospechas. Muy por el contrario le habría aconsejado presentar ante la sociedad un plan de refuerzo y modernización de la administración de la Justicia. Un plan llamado a evitar la concentración de casos en unas mismas manos o en una sola cabeza. Un plan para impedir decisiones judiciales capaces de influir a corto y medio plazo en el normal desarrollo de la vida política. Ese sí sería un buen fin social.

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