¿Quo vadis, sindicatos?

La marcha de Cándido Méndez de la dirección de UGT, después de 22 años de poder supremo, nos ha invitado a doblar la mirada hacia la tenue vela, que permanece encendida en el mundo sindical, en medio de la convulsión de la política partidaria. Se va Cándido Méndez y muchos tenemos la sensación de que se cierra otro capítulo de la vida pública. Otro tranco de una historia generacional y finisecular.

En 1972 Franco estaba en las últimas cuando en mi obra de teatro El vendedor el protagonista se declaraba en huelga. La propuesta había logrado pasar la censura y los auditorios se levantaban aplaudiendo eufóricos. Entre aquellos espectadores había muchos clandestinos y futuros sindicalistas que, muerto el dictador, lograron legalizar las manifestaciones y las huelgas con el sudor de sus consignas. Ahora parece que estemos hablando de la revolución industrial del siglo XIX. Fue ayer.

He recordado sin nostalgia la primera rueda de prensa con Marcelino Camacho, recién salido de la cárcel franquista, y la posterior entrevista que le hice con admiración y hasta emoción. Él llevaba aquellos jerséis a los que dio nombre y yo también bajo el traje de pana. Éramos obreros soñando un futuro mejor. Han pasado cuatro décadas y a la lucha sindical debemos, incluso más que a los partidos políticos, los avances y las conquistas laborales, ahora depauperadas por las contrarreformas del PP, la voracidad de los mercados y las digresiones de los economistas.

Atrás quedan la recuperación del patrimonio sindical, la reconversión industrial, las negociaciones y pactos de tú a tú con la patronal, la consecución de los convenios colectivos, los personalismos de Nicolás Redondo contra los de Felipe González, las huelgas generales -a veces más ideológicas que laborales-, el divorcio de los sindicatos y los partidos de izquierdas, la acomodación aburguesada de las organizaciones, el descuido en tiempos de bonanza… para caer en la presente desorientación generacional y el miedo no confesado a los poderes fácticos, que se sustentan sobre el capital y lo salvaguardan. Y la pregunta ine- vitable es: ¿quo vadis sindicatos?

En la bancada de los observadores ha logrado calar la idea reaccionaria de que son organizaciones arcaicas e inútiles. Nada más incierto y falaz. ¿Pero qué sucede para que sigan perdiendo afiliación y protagonismo en estos tiempos de crisis laboral? En primer lugar, como toda macroorganización, se han convertido en iglesias en las que la gestión para sobrevivir se superpone a la fe ideológica. La endogamia paraliza su misión reivindicativa.

En segundo lugar, el error de divorciarse de los partidos de izquierdas -PSOE y PC principalmente- borró del arco parlamentario a los sindicalistas dejándoles sin voz legislativa. Por no ser apéndices partidarios han pasado a ser vecinos cordiales. Y en tercer lugar, el desconcierto ideológico los ha situado en el limbo de la falta de discursos adecuados a la realidad laboral. Lástima, porque los sindicatos vuelven a ser socialmente muy necesarios.

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