Querida Bea

“Mi caso no es único” me dijiste, “hay muchas mujeres en mi situación”. Lo sé, todos lo sabemos pero también lo olvidamos y sólo hacemos caso de las estadísticas, como si la medida de todas las cosas sólo fueran los números.
Por eso quería contar tu historia, porque sé que estaré contando la de miles de mujeres.
Ta casaste joven, recién cumplidos los dieciocho años y, como muchas, embarazada. Me imagino la ilusión, porque lo normal a esa edad es creer que todo irá bien. Te fuiste con tu marido a Suiza, a buscaros la vida. El que trabajaba legal era él, claro; tú lo hacías limpiando, pero bajo su régimen de manera que tus horas trabajadas iban a su cotización. Una forma sofisticada de explotación.
La ilusión inicial dio paso la resignación ante el desprecio de un hombre que sólo pensaba en sí mismo y que te trataba como escoria. “Nunca me puso la mano encima” me cuentas como si eso fuese una compensación, como si te quisieras convencer a ti misma de que la vida al menos te salvó de los palos. Sólo faltaría darle gracias. Pero las vejaciones fueron constantes… La autoestima desaparece cuando a diario te desprecian, te humillan, el “no vales para nada” se te asienta en el estómago y en el alma.
En esa resignación y en ese sentimiento de que es necesario aguantar lo haga falta -no se sabe muy bien para qué- llegó tu hija. Tal vez fue esa pequeña la que dio la voz de alarma. “Las madres sacamos fuerzas de donde no las hay” y te animaste a enfrentarte sola con los pequeños, ya de regreso a España. Empezar de cero. Buscar trabajo con niños a cargo se convierte en una batalla. Y mientras llega es necesario recurrir a los servicios sociales y a Caritas para asegurar la comida diaria.
Los empresarios no quieren contratar a madres solas con pequeños. “Creen que faltaremos más al trabajo”. Pero no es cierto, me dices, “nosotras hacemos lo que sea por no faltar” y además cobramos menos que ellos. Te veo limpiar horas y horas, acumular un trabajo con otro porque no tienes contrato estable. “Somos muchas -me dices- las que nos decidimos a dar el paso de abandonar a nuestros maridos y enfrentarnos solas a la vida, sin recursos, sin formación”. Pero aún son muchas más las que callan y aguantan.
8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Discursos, declaraciones, manifestaciones, reivindicaciones… Por supuesto más necesarias que nunca, porque quedan muchas asignaturas pendientes. Bea tiene derecho a un empleo estable y también a que le paguen lo mismo que a los hombres. Y a que no le nieguen un puesto de trabajo porque tiene hijos a su cargo. A su ex marido eso no se lo preguntan.
Bea lleva el gen del sacrificio en la sangre como las madres coraje del siglo pasado. Está dispuesta a hacer jornadas de 16 horas -algo ilegal, por cierto (si los sindicatos lo supieran)- para ganar algo más. Sabe que la independencia económica es la llave de la libertad y también es consciente de que sólo la formación hará que su hija no tenga que pasar por lo mismo.
Parece que dibujo a una mujer de la post guerra, pero no. Bea es una mujer de hoy, de este tiempo, con móvil y whatsapp… E imagino que existen millones de Beas que pelean en silencio. Ellas son las verdaderas protagonistas de este día.

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