Cosidos a pespunte

Si ya la semana pasada Pedro Sánchez y Albert Rivera habían dejado atascado el carro de la investidura, su política de negociar juntos, como un solo cuerpo, eventuales nuevos acuerdos va a poner mucho más complicado el proceso, entre otras cosas porque ya nadie queda como celestina o bisagra mediadora. Y si ya las hostilidades cruzadas en el uno a uno no eran pocas, es fácil imaginar lo que puede suceder en las descompensadas mesas que PSOE y Ciudadanos ahora proponen.

Tal como lo puso de relieve el portavoz de turno en una de las jornadas de la fracasada investidura, el PNV, por ejemplo, no tendría mayor problema en entenderse con el Partido Socialista. Pero desconfía profundamente de Ciudadanos y de Rivera.

De hecho, ya en Euskadi socialistas y nacionalistas vascos vienen colaborando desde hace tiempo en muchas cosas, negociaciones con el mundo etarra incluidas. Además, el socialismo vasco está muy presente en el entorno de que se ha rodeado Pedro Sánchez: Patxi López en la mismísima presidencia del Congreso y Rodolfo Ares en el equipo negociador.

Pero con Ciudadanos las relaciones son muy otras. Se trata –para el PNV- de un partido con “una ideología nebulosa que sólo encuentra su definición, tal y como nació, en la negación del nacionalismo vasco y catalán, y que con su entrada en el pacto imposibilita muchas cosas”. ¿Con qué predisposición anímica se sentarán ahora unos y otros, si es que al final se produce el biencuentro? Lo mismo o más podría decirse de las eventuales negociaciones no ya entre desconfiados, sino incluso entre incompatibles.

El carro, puede estar, pues, definitivamente atascado, con PSOE y Ciudadanos cosidos como a pespunte. Una puntada útil –dicen los manuales de labores- para en la costura a mano unir dos piezas, pero que no sé si en política puede resultar igualmente práctica.

En una temeraria de huida hacia adelante, Ciudadanos con su jefe de filas al frente ha decidido unir su destino al del Partido Socialista. Allá ellos. Lo malo es que lo ha unido también en las formas. La descalificación –muchas veces gratuita y chascarrillera- que un Rivera nervioso y antipático viene haciendo de Rajoy está sorprendiendo a propios y extraños. Si pretende, como dice, que éste dé un paso atrás, lo que está provocando es justamente lo contrario: que el electorado propio cierre filas en torno al presidente del partido y del Gobierno en funciones.

Resulta desde luego admirable cómo Rivera se mete a organizar casas ajenas y cómo reparte credenciales de quiénes deben estar en la política y cómo. Un poquito debería mirarse a sí mismo, pues su balance en las elecciones del 20-D pudo ser manifiestamente mejorable: unos resultados muy por debajo de las expectativas suscitadas, cuarta fuerza en el conjunto nacional y quinta en su Cataluña de procedencia, muy poquito allí por encima del proscrito PP.

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