La leyenda del beso

Ha habido besos capaces de conquistar la inmortalidad para sus autores, como el cuadro de Gustav Klimt, la escultura de Auguste Rodin, la narración de Gustavo Adolfo Bécquer, la música para zarzuela de Reveriano Sautullo o la foto de la enfermera y el soldado en Time Square de Alfred Eisenstaed.

Estos días ha rodado por las redes el beso en el Parlamento de Pablo Iglesias a Xavier Domé-

nech. Un acto que careció de belleza estética para inmortalizar a nadie y, afortunadamente, tampoco ha conseguido tapar la inconsistencia parlamentaria del líder de Podemos. Fue un beso ideológico. Y ahí está la instantánea pidiendo un hueco en la iconografía del ridículo político.

Aunque, en la segunda sesión de investidura de Pedro Sánchez, Iglesias intentó convertir su beso en leyenda, simplemente ahondó en la ridiculez de su discurso. El adalid del cambio por la izquierda ha adelantado al PP por la derecha, refugiándose en la anécdota y en la política de gestos, tan tradicional en los partidos conservadores. Esta constatación ha sido, sin duda, uno de los éxitos del intento de investidura y de formar Gobierno del líder socialista.

Además de engrasar la maquinaria democrática, los debates parlamentarios de este marzo frío y lluvioso han fijado la foto del cambio real, que tanto tronó antes del 20 de noviembre. Del inmovilismo de Rajoy no cabía esperar otra cosa que testarudez y chulería inmovilista. Sin embargo, bien mirado, el PP –luego de una legislatura afirmada sobre el absolutismo– no tenía otra alternativa. Su muralla está demasiado alta para ver la realidad existente bajo las almenas. Con todo, lo peor para ellos es no reconocer que, con siete millones de votos, han perdido el primer asalto en las urnas.

Albert Rivera ha dado una l­ección de pragmatismo ideológico esperable. Con ella ha situado en el verdadero centro político a Ciudadanos, ha desplazado hacia el arcaísmo al PP y por ese camino concluirá quedándose con los mejores muebles de la derecha.

Pedro Sánchez ha cumplido con la historia del PSOE que modernizó España, ha valorado correctamente la situación, ha puesto en marcha una estrategia inteligente para no repetir el dueto gallego de Touriño y Quintana, ha sabido ganar liderazgo perdiendo votaciones y ha situado a la socialdemocracia en el espacio ideológico de izquierdas desde el que se reparte el juego.

Pablo Iglesias ha mostrado los verdaderos fundamentos de Podemos. Tratando de construir la leyenda del beso, ha descorrido el telón tras el cual hemos visto a un heterogéneo grupo de activistas, capaces de llamarse de izquierdas al tiempo que niegan la división ideológica en derechas e izquierdas. Capaces de dividir la sociedad en arriba y abajo para situarse en la poltrona más alta del poder gracias al esfuerzo de los de abajo. Y sobre todo, como perfectos activistas, han manipulado con inteligencia la dialéctica oportunista en cada momento para levantar muros intransigentes.

Y, pasado el cáliz frente al candidato, ahora Iglesias ofrece a Sánchez el “pacto del beso”, como en otra leyenda famosa: la de Judas.

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