Podemos y los gorriones

 

Desde que llegaron al Parlamento, ya sabemos que la cúpula de Podemos pertenece a la familia de los paséridos, más conocidos en España por Passer domesticus o gorrión común. Encajan en esta clasificación por razones evidentes, puestas de manifiesto con toda intensidad desde que tomaron asiento en la Carrera de San Gerónimo y especialmente una vez que Pablo Iglesias subió a la tribuna de oradores.

Aunque la cúpula de Podemos, como los gorriones, puede llegar a convivir con los seres humanos, frente a quienes se muestran agresivos por sistema, en realidad son una organización gregaria por concepción ideológica natural. Otra característica de esta ave parlamentaria, mostrada por Iglesias en el debate de investidura de Pedro Sánchez, es el hueso extra que esconden en su lengua. Un apéndice eficaz a la hora de deglutir carroña y otros detritus urbanos.

Sin embargo la característica con la que el tiempo concluirá por fijar su retrato parlamentario, será su incapacidad para convivir con otras especies. El gorrión, en espacios cerrados, tiende a generar llamadas de atención y, aunque el ser humano ha conseguido que sobreviva en cautiverio, si no domina el espacio o queda en soledad muere.

Todas estas características naturales demuestran que en Podemos, afortunadamente no en todas sus confluencias, nunca ha existido voluntad de negociar una alternativa de izquierdas –o un pragmático centro progresista- bajo la presidencia de Pedro Sánchez. Es más, las actitudes del líder y acólitos, acabarán poniendo de manifestó que ellos ni son ni representan a ninguna ideología de izquierdas. En realidad Podemos es simplemente un heterogéneo grupo de activistas amantes de la fotogenia volátil, muy similar a la política de gestos de la derecha tradicional.

La patética actitud mitinera de Iglesias en el debate, vacía de contenidos programáticos, cargada de tópicos y exenta de respuestas directas a las propuestas del candidato socialista, se tradujo, como el canto del gorrión, en un cansado parloteo inarmónico. Por tanto, para solapar su endeblez ideológica, no les quedó otra alternativa que caminar por la cuerda del activismo mediático, su verdadera identidad. De ahí el salto de Iglesias al centro del ruedo –donde las cámaras pudieran captarlo con nitidez- para besar en la boca a Xavier Doménech.

Otra foto, como la del niño de Carolina Bescansa -quien nunca más ha vuelto al hemiciclo-, como la de la camisa blanca y los vaqueros en la audiencia real, como la del smoking en los premios Goya, como la de la rueda de prensa anunciándose vicepresidente… Política de gestos, también denominada “saltitos de gorrión”. Esas avecillas, recuerden, parasitarias de los humanos laboriosos, con quienes Sánchez ha acertado al no darles más alpiste del que merecen.

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