Mimbres sin cesto

Me da la impresión que según vaya pasando el tiempo se verá en toda su dimensión lo absurdo de un intento de investidura que no tenía ni pies ni pies de cabeza si lo que en verdad Pedro Sánchez pretendía era la formación de un Gobierno y de un Gobierno viable que pudiera llevar a cabo las reformas que anunciaba en los papeles.

La primera opción barajada por el candidato (168 posibles síes y 17 abstenciones frente a 163 noes de PP y Ciudadanos) le hubiera dispensado la mayoría simple requerida en segunda votación. Pero aquello no daba. Ni para la mayoría absoluta, ni para mayorías cualificadas ni mucho menos para eventuales reformas constitucionales, habida cuenta en este último supuesto de la mayoría absoluta del PP en el Senado.

Así las cosas, pocos han entendido las claves de por qué Pedro Sánchez terminó por embarcarse en una opción todavía peor; en una insólita cuadratura del círculo que repartía a discreción –como el fuego, en la mili- propuestas políticas contradictorias, pretendía meter en el mismo barco a fuerzas que en principio se repelen (Podemos con Ciudadanos y éstos con los nacionalismos) y continuaba sin contar con quien tenía y tiene los votos y llaves indispensables (Partido Popular). Ya no sólo no daban los números.

El candidato intentó así montar un carro sin ruedas, que, como no podía ser de otra forma, ha terminado por atascar el camino. Este sí que es un auténtico bloqueo y no el que Sánchez y sus altavoces tanto le echan en cara a Rajoy por la no aceptación –por imposible- de la oferta del jefe del Estado. Después de un mes y de tanta pompa y ceremonia fuera de lugar, hemos vuelto a la casilla de salida. Había mimbres, pero no hubo cesto.

Aunque es harto arriesgado hacer pronósticos, lo más probable es que se deje correr el tiempo de dos meses que prevé la Constitución. Si ya ha sido así en Andalucía y Cataluña, así habrá ser a nivel nacional. Salvo, claro está, que Sánchez renuncie expresamente a reintentarlo -cosa que no creo- y el jefe del Estado se vea obligado a proponer entre tanto a otro candidato.

De todas formas, digan lo que digan sus hagiógrafos, Felipe VI no ha estado muy afortunado en el trance que nos ocupa. Primero ofreció la formación del nuevo gobierno a un imposible (Mariano Rajoy), sabedor como era de que el representante del PP no contaba ni de los lejos con los apoyos necesarios. Y luego lo hizo con un improbable: Pedro Sánchez, cuya alternativa, como se ha visto, resultaba más que endemoniada no ya desde el punto de vista político, que también, sino incluso desde el matemático.

Da, pues, la impresión de que, sin tener plazo legal alguno que observar, el jefe del Estado ha tenido excesivas prisas. No sé, en consecuencia, si tanto en una como en otra oferta hubiera debido esperar a que el candidato o candidatos hubiesen llegado ya a Zarzuela con los deberes más hechos. Esto es, con unos pactos previos relativamente cerrados y viables. Algún representante político lo ha sugerido así en el debate de investidura.

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