Los fantasmas del pasado

En la sesión de investidura que se está celebrando, los oradores dejarán grandes discursos sobre los problemas políticos y económicos que están en la mente de todos y sus alternativas de solución. Pero en este momento España tiene, además de esos, otro problema del que deberían ocuparse sus señorías. Es la reaparición del radicalismo frentista que resucita fantasmas del pasado y está deteriorando los valores de convivencia compartidos.

El peor defecto de los españoles es “la perduración de los rencores”, dice Fernando Sabater. “Quisiera que el cuadro que mejor nos representase fuese La Rendición de Breda, de Velázquez, pero me temo que sea Duelo a garrotazos, de Goya”, apunta el filósofo.

Hace meses que en el contexto político “perduran los rencores”, reaparece la cultura del desprecio, de la intolerancia y hasta del odio al adversario. En los numerosos debates que hay en parlamentos y consistorios -con eco en las redes sociales- se emplean palabras gruesas y réplicas destempladas, como si los políticos estuvieran librando un combate de lucha libre dialéctica con licencia para machacar al contrario. Especialmente preocupante es el afán de revisión revanchista del pasado por parte de los nietos de aquellos que primero hicieron la guerra y hace cuarenta años firmaron la paz para recuperar la concordia para todos.

Sobran ejemplos, pero la muestra señera de “política crispada” la ofrecieron el hoy candidato a la investidura y el presidente en funciones en aquel infausto debate en el que escenificaron el desprecio que se profesan sin importarles que sus insultos cruzados fueran un mal ejemplo para la convivencia en el país. Ese clima político contaminado se contagia a medios de comunicación, que alimentan la crispación, y a muchos ciudadanos que levantan la voz para criminalizar a todo aquel que piensa de manera diferente.

Perece un sino del destino que cada cuarenta-cincuenta años renazca la vieja pulsión autodestructiva y los enfrentamientos cainitas que refleja el cuadro de Goya. Necesitamos, sostiene el mismo Sabater, “no ver en el que piensa distinto a un enemigo, ser capaces de discutir y refutar en vez de insultar y escupir, que el sentido común de quienes razonan prevalezca sobre la imbecilidad de los que gritan, reemplazar el egoísmo depredador por el espíritu cívico y, desde luego, ¡un buen Bachillerato!”. Lo dice un sabio que cultiva la ética, ama la libertad y practica la convivencia.

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