Decepción esperable

 

Si todos los altos dirigentes políticos –con la lógica excepción del PSOE- salieron bastante decepcionados con el discurso de investidura de Pedro Sánchez, me da la impresión que Albert Rivera además de defraudado estaría, muy en especial, irritado. Me imagino cómo le habría ido la procesión por dentro, aunque en aras de la corrección política guardara las formas.

​No hubo más que ver la cara de funeral de un cortante portavoz de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, en la comparecencia posterior en el escritorio del Congreso, para concluir que la intervención del candidato y socio no les había gustado lo más mínimo. Y es que el discurso de Pedro Sánchez había sido muy incómodo, porque tal vez por aquello de los necesarios guiños a las fuerzas de la izquierda había ofrecido una versión radical del pacto y poco fiel al texto suscrito.

De esta forma, el candidato presentó como derogaciones totales no pocas propuestas que en el documento se suscriben como reformas y revisiones. La insistencia en el desguace de la reforma laboral fue también a contracorriente de lo que sobre ella pretende Ciudadanos. Y por mucho hierro que la formación naranja quiso quitar al asunto, la no citación de la supresión de las Diputaciones, muy promovida por el partido de Rivera, fue tal vez la gota que colmó el vaso de la decepción y el enfado. ​

Fue, en definitiva, un discurso muy poco respetuoso con la literalidad del acuerdo. Y si así lo está siendo incluso en la letra y en los primeros días de matrimonio, es de imaginar lo que será en su aplicación si es que algún día se llegara a ello. Nada nuevo, por otra parte, porque esta utilización y manipulación partidista del convenio por parte del PSOE se viene produciendo desde el minuto uno. Supongo que en su beatífica virginidad política Ciudadanos habrá empezado a tomar de nota de con quién se juega los cuartos.

Por lo demás, una de las grandes sorpresas de la tarde de ayer fue el reconocimiento por parte del propio candidato de que por falta de apoyos no habrá de momento investidura. Y así incluso antes de la primera votación. Si ya el proceso político que arrancó el 20-D está salpicado de situaciones inéditas, esta confesión de parte del fracaso en el empeño no tiene precedentes.

Ningún otro aspirante había llegado hasta ahora a la tribuna en tan precaria condición después de un mes de haberlo intentado. Es de esperar, al menos, que Sánchez no vuelva a acusar de a Mariano Rajoy de haber bloqueado el proceso porque, como mucho, al declinar la oferta del jefe del Estado, pudo haberlo retrasado cuatro o cinco días. Y él va por la treintena.

En las valoraciones finales del discurso el denominador común fue el término “decepcionante”. Pero hubo otra coincidencia no menor por parte de las fuerzas de izquierda: que esto no había hecho más que empezar; que a partir del lunes comienza la segunda parte del encuentro, con dos meses por delante para concordar desencuentros.

Y tal como en una jugosa entrevista en la televisión pública de cobertura estatal ya había señalado antes de ayer el presidente Núñez Feijoo, se va asentando la idea de que no habrá nueva convocatoria electoral; que antes incluso del último minuto habrá acuerdo, y que Podemos será quien tenga la sartén por el mago, como desde ya la tiene. Si ya ha sido así en Concellos y comunidades autónomas, ¿por qué no va a serlo también a nivel nacional?

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