Perdóneme si insisto

A riesgo de parecer pesada, me van a permitir que insista en la imperiosa necesidad de abrir la dirección de las empresas a las mujeres. En más de una ocasión he asegurado en este espacio de opinión que existen múltiples razones para defender esta tesis.

La principal y -paradógicamente- la que más rechazo suscita es la razón de justicia. De manera formal, nuestra sociedad occidental, avanzada y progresista en el sentido de avance y desarrollo (no en el sentido político del término) ha reconocido dos cosas: La primera es que durante siglos la mujer fue relegada a los fogones y se le cerraron las puertas al conocimiento y, por ende, al poder, en razón de su condición femenina. Los argumentos utilizados para ello variaron a lo largo de la historia, desde que “la mujer es inferior intelectual y físicamente al hombre”, hasta que “nos es propio de su condición realizar ciertas actividades reservadas exclusivamente al sexo masculino”.

La segunda es que esta clara situación de discriminación debe ser reparada, es decir que se deben levantar todas las barreras que impiden la plena igualdad de la mujer con el hombre. Entonces nuestra sociedad avanzada y progresista inició una revisión legislativa para equiparar los derechos femeninos a los de los varones: derechos a votar y ser elegida, derecho a acceder a la educación universitaria o a estar presente en organismos hasta entonces reservados a varones, como las fuerzas armadas o la judicatura. De hecho actualmente seguimos con este frenesí legislativo y el nuevo Congreso ya se propone regular por ley la igualdad salarial o los horarios conciliadores.

Nada que objetar, faltaría más.

En cuanto a abrir las puertas de la dirección de las empresas sin embargo, los legisladores no han conseguido, hasta ahora, ponerse de acuerdo en obligar a los empresarios a aplicar las cuotas femeninas. Ni siquiera la Comisión Europea ha conseguido pasar de la simple recomendación de que los consejos empresariales estén formados por al menos un 40% de mujeres.

Por ello me parece fundamental poner encima de la mesa otros argumentos. Recientemente el Peterson Institute for International Economics publicó un estudio en el que asegura que las empresas que cuentan en sus altos cargos con mujeres son más rentables. El informe viene avalado con el análisis de 21.980 compañías en 91 países y pone en evidencia que las empresas mejoran sus resultados cuanto mayor es el índice femenino en los puestos de dirección. Las conclusiones están, además, cuantificadas: las compañías con al menos un 30% de directivas tienen un 15% más de beneficios que las que no las tienen.

Sin embargo en el caso de España los resultados distan mucho de ser satisfactorios. En el estudio se analizaron 96 empresas. Los datos son aplastantes: un 3% tienen como presidenta a una mujer, el 13% cuenta con mujeres en los puestos ejecutivos y el 14% en los consejos de administración.

Queda claro que aún estamos lejos de plasmar en la realidad lo que los legisladores, ya sea en el Congreso o en los parlamentos autonómicos, ponen por escrito. Sigo pensando que es necesario insistir en los beneficios económicos que suponen las mujeres en las direcciones de las empresas. Ahí están los datos y, al fin y al cabo, ¿existe mayor motivación para un empresario que la cuenta de resultados?

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