Los militantes

El llamado Estado de partidos en que se ha convertido el sistema democrático en el viejo continente, con más o menos intensidad según países y sistemas normativos, reclama alguna atención. Los partidos, dicen las constituciones, entre ellas la española, son canales de comunicación del pluralismo. Pero ni son los únicos ni siquiera los más importantes. Son, es verdad, relevantes en orden a una razonable expresión de las orientaciones políticas de los ciudadanos. Por eso tienen una posición bien importante en el sistema. La cuestión, sin embargo, es que en ocasiones los partidos pretenden alzarse con el monopolio del pluralismo y, lo que es más grave, quieren concentrar en su seno todo el poder nombrando a los integrantes del poder ejecutivo, del poder legislativo y, en determinados casos, del poder judicial. De ahí la denominación de Estado de partidos en que se ha terminado convirtiendo la democracia occidental.

Lincoln decía que la democracia era el poder del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo. El poder hoy lo ejercen, vaya si lo ejercen, las oligarquías de los partidos, pero no al servicio del pueblo, sino más bien, usando, y a veces abusando, de la confianza de los militantes. Los militantes, es bueno recordarlo de vez en cuando, son los dueños del partido, son los que lo financian en buena parte, son quienes hacen las tareas más duras e ingratas. Y, sin embargo, normalmente ni se tienen en cuenta sus ideas ni se les permite, es lo más grave, hacerlas públicas como no sea a través de la férrea estructura que rodea a los aparatos. Lo importante, dicen, es alcanzar el poder, tarea que todo lo justifica, todo. La voz de los militantes es, tantas veces, secuestrada por una minoría que no representa más que su perpetuación en el poder.

Es menester, por tanto, reivindicar el papel y el protagonismo de los militantes y simpatizantes de los partidos. Porque son lo más importante y porque debieran tener una mayor participación en la elección de los cargos del partido, en los candidatos a la dirección de las instituciones y, sobre todo, en las ideas principales que el partido debe defender. Sin embargo, las ponencias de los congresos, cocinadas por los dictadores de lo políticamente correcto, en ocasiones no representan más que a la minoría dirigente, a la tecnoestructura. ¿Sería tan difícil, por ejemplo, consultar con las bases del partido los principales contenidos de tales ponencias?. ¿Por qué los partidos tienen tanto miedo a abrirse, a escuchar lo que piensa la militancia sobre ciertos temas?. ¿Por qué algunos dirigentes, a pesar de sumar derrota tras derrota, siguen dictando los designios del aparato?. En definitiva, ¿por qué se reduce el papel de los militantes a la condición de ocupantes de autobuses y de fanáticos fieles que han de aplaudir a rabiar a sus jefes con ocasión y sin ella?.

En los tiempos que corren, volver al antiguo régimen, al autoritarismo, a la imposición, al dictado de los poderosos, es un gran error. Es mejor dejar al pueblo, a los militantes, que digan lo que quieran, que expresen libremente sus puntos de vista, que elijan a los dirigentes de su preferencia. Claro, el día que llegue la revolución de los militantes, muchos de los actuales protagonistas de los aparatos empezarán a hacer las maletas. Los tiempos, como decía Castelao, han llegado y no dentro de mucho tiempo, en cuanto los partidos se conviertan efectivamente a la democracia interna que desde el año 1978 les exige la Constitución, las aguas volverán a su cauce. Se acabarán las imposiciones de algunos personalismos que no representan más que el afán de permanecer arriba a como de lugar. Entonces los militantes serán los dueños del partido, entonces los arribistas que se dedican a hacer el agosto a su costa, comprenderán de quien es el poder. Entonces será el llanto y el crujir de dientes de unos dirigentes que llegaron a pensar que estaban ungidos por las bases cuando, en realidad, su posición no era más que la consecuencia de su afán de dominio y de poder.

La llegada de nuevos partidos y el resultado del 20-D debieran discurrir por estos derroteros. Pero si los nuevos partidos cultivan el culto carismático al líder y les entregan, todo, todo el poder de la formación, entonces poco o nada van a cambiar las cosas como no sea para el quítate tú que ahora me toca a mí. Y nada más.

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