El valor de la Diputación

En las últimas semanas he tenido ocasión de hablar largo y tendido con cuatro presidentes y un expresidente de cinco diputaciones provinciales. Políticos de derechas y de izquierdas, alcaldes o concejales de sus pueblos, gente muy pegada a la política real cuya gestión contribuye al bienestar de la ciudadanía anónima que les vota o los vitupera, indistintamente. Hemos hablado de cuestiones que van desde la alta política del Estado a los arreglos de caminos para llegar a aldeas perdidas y debo confesar que sus visiones, en muchos casos coincidentes no obstante de las diferencias ideológicas, resultan más brillantes y acertadas que las de los mejores politólogos del panorama mediático y, por supuesto, más pragmáticas que las de todos los ideólogos de sus partidos juntos.

He confesado en diversas ocasiones que mi visión sobre la importancia institucional de la Diputación pasó del charco mediático a la luz de la realidad escuchando a Manuel Baltar y dialogando con Valentín Cortés, presidente entonces de la Diputación de Badajoz. El uno del PP, el otro del PSOE. Desde ahí mi curiosidad me llevó a profundizar en el conocimiento de su historia, partiendo de las primeras provincias romanas hasta alcanzar nuestros días, para llegar a la conclusión de que la Diputación como órgano de gobierno territorial es, en colaboración con los ayuntamientos, la plataforma más adecuada para alcanzar un buen gobierno del territorio. Otra cosa, naturalmente, es el buen o mal uso que se haga de ella como con cualquier otro nivel de gestión política.

La atalaya de la Diputación es la mejor ventana para articular el territorio, buscar fórmulas que frenen la despoblación, crear instrumentos para recuperar, reformar o impulsar el tejido productivo y empresarial, como bases de transformación de la realidad. Esa mala clasificación que llevan sobre sí de “organismo intermedio” –que las tilda de inútiles- es, curiosamente, un valor fundamental para democratizarlas más en lugar de eliminarlas, como sugieren ejércitos de políticos desinformados, en estos momentos de cambio.

Acabo de regresar de Extremadura, Andalucía y Castilla-La Mancha, con las conversaciones de esos presidentes en la trituradora del magín y me encuentro a Manuel Baltar buscando nuevos horizontes para Ourense en USA. Su provincia necesita desesperadamente frenar la caída demográfica, potenciar la iniciativa comercial y empresarial, proyectar al exterior el atractivo turístico y cultural de la ourensanía, entre otras cuestiones menos globales. Muy inteligentemente él se ha ido a buscar los remedios donde se producen las medicinas adecuadas. En estos momentos, ni desde Bruselas, ni desde Madrid, ni desde Compostela veremos llegar a las provincias el tren del futuro, por tanto, potenciar el valor y eficacia de la Diputación requiere de estrategias audaces como las de Baltar, aunque el fruto tarde en madurar.

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