Respuesta tardía y tibia

Desde hace año y medio Francisco Granados purga sus penas en la cárcel como cerebro de la red Púnica. Y ahora, como de repente, Esperanza Aguirre descubre que algo grave tiene que haber en la conducta del que durante más de seis años fue consejero suyo en el gobierno de la Comunidad de Madrid para que el juez le siga manteniendo en prisión. Y también, como de repente, parece concluir que debe presentar la dimisión como máxima responsable del PP madrileño por su responsabilidad política en la elección y no vigilancia de los investigados.

Lo hace así sin renunciar al tiempo a su puesto como portavoz del partido en el Ayuntamiento y muy poquitos días después de que en el Parlamento regional alardeara de que de entre los más de quinientos nombramientos efectuados a lo largo de sus muchos años de vida política sólo dos le hubieran salido “rana”, y de que todo lo demás no iba con ella. Lo raro, sin embargo, es que no se hubiera dado cuenta de ello antes. Porque tiempo de sobra ha tenido.

Habrá que interpretar, pues, la decisión de Aguirre no como un ademán de ejemplaridad política, sino como muy otra cosa. Tal vez como un quitarse de en medio ante probables nuevos descubrimientos en los manejos de la red Púnica. Pero sobre todo –me parece- como un gesto efectista para, desde dentro, debilitar aún más el liderazgo de Rajoy y forzar su dimisión en estos momentos en que el presidente del partido y del Gobierno en funciones se halla cercado por un reguero de casos de supuesta corrupción en el seno del partido.

En realidad, hace tiempo que Aguirre viene viviendo de eso: de hacer daño a Rajoy; de descolocar a Rajoy y de, como se ha dicho, “tocarle repetidamente las narices”. Con la habilidad –eso sí- de caer ella siempre de pie, aprovechando la simpatía que incluso sus repetidas deslealtades despiertan en buena parte del sistema mediático. La “lideresa” es, en efecto, la persona que más dimite en el PP, pero que nunca desaparece del todo.

“La corrupción nos está matando a todos”, se ha lamentado Esperanza Aguirre. Muy en esa línea se manifestaba hace poco el presidente Feijoo al reconocer que el partido no había tenido ni la audacia para anticiparse ni la decisión que para enfrentarse a ellos habrían requerido muchos casos de corrupción. Y no le faltaba un ápice de razón.

Al contar con una cúpula directiva reciente el PSOE ha podido desvincularse de clamorosos casos en las Administraciones por él gobernadas en épocas anteriores. Pero al Partido Popular no le sucede igual. Casi todos los episodios por los que sus gentes y siglas andan en los Tribunales son relativamente recientes. Y cada poco aparecen nuevas sorpresas.

Además, el PP no lo ha podido hacer peor. Porque no sólo no ha llegado o lo ha hecho tarde y mal, sino que ha jaleado repetidas veces a quienes hoy frecuentan los Tribunales de Justicia. La incomprensible declaración de Rajoy en el sentido de que “esto se acabó; aquí ya no se pasa ninguna más” denota la laxitud en que ha incurrido. Por todo ello, al hoy presidente del partido no se le concede la menor credibilidad para encabezar voluntades de regeneración en este terreno.

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