Entre la cocina y el comedor

Lo realmente importante de la reunión entre Pedro y Mariano era el escenario. La discusión empezó por un “ni en tu casa ni en la mía” porque a ninguno de los dos se le ocurrió aplicar aquello de “quien a mi casa no viene, a la suya no quiere que vaya”. Si ambos hubieran visto el encuentro desde esa perspectiva, la reunión se habría diluido sin la gloria del desencuentro.

La pareja me recordó a esos desnaturalizados divorciados que se citan en un “punto de encuentro” para pasarse los hijos. Por lo general lo hacen por obligación y por fastidiar. Si se miran no se ven y si uno tiende la mano, el otro escupe al cielo. En el medio las pobres criaturas frutos del desamor soñando con el final de tan doloroso tránsito. Sánchez llevaba en el bolsillo izquierdo el discurso de la obligación y en el derecho la palmeta del triunfo. Rajoy se maquilló para la foto de la obligación y luego se abrochó el botón de fastidiar. Todo correcto mientras la obligación de dialogar se iba por la taza del váter.

Al Parlamento lo descubrimos de pronto siendo para lo que fue concebido, territorio neutral. Pero en lugar de servir de sede de la palabra y palestra para las ideas, se transformó en el paraíso terrenal cainita. Ambos contertulios llegaron al destino sintiéndose Abel y mirando en el contrario a Caín. Mariano no pudo disimular la sensación de humillación (absurdo y clasista pensamiento) a la que se estaba sometiendo por exigencias del guion. A Pedro le costó evitar el orgullo de saberse dueño de la situación subido a lo más alto de pódium.

Una vez en la casa de todos, aún había que elegir el espacio más adecuado. Los estrategas se decidieron por el comedor presidencial. ¿Por su empaque? ¿Por ser escenario de altos servicios protocolarios? ¿Por estar más acorde con el rango de presidente en funciones? ¿Para mostrarle al presidente in péctore el valor de clase de la pátina? Hagamos como en las revistas del corazón: si usted ha sumado cuatro síes, ya sabe quién propuso ese ámbito.

Allí estuvieron media hora sentados sin un bocado de futuro que llevarse a los labios. Digo yo que, si la reunión se hubiera producido en la cocina, entre los guisos manejados estos días por Sánchez, igual el país se habría ido a la cama sintiéndose en buenas manos. Pero no, Rajoy -¿y el PP?- ,vestido del Manolito de Mafalda, se empeña en sumar unas cuentas que ya no le cuadran ni con nuevas elecciones. A Pedro, en esta tira del genial Quino, no le quedó otra que vestirse de Felipe y capear el temporal. Por eso se fue luego a la sala de prensa -como hace al caso-, mientras Mariano escogió una tribuna de alto standing. Ya digo, lo importante fue el decorado, no el pragmatismo de la política.

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