Lecciones de la Historia

Bajo el título “Las lecciones de la Historia” reflexionaba días atrás Francisco Vázquez sobre las dos corrientes ideológicas contrapuestas que históricamente han pugnado en el seno del Partido Socialista por imponer sus correspondientes principios doctrinales como los únicos valores conductores de la acción política del partido.

El ex alcalde coruñés y barón ilustre del PSOE desde los primerísimos tiempos de la Transición se refería a las tendencias reformista y revolucionaria que han representado, respectivamente la líneas socialdemócrata y marxista de pensamiento. Esto es: las dos almas del PSOE, como se dice. Y concluía que sería inconcebible que el Partido Socialista de hoy olvidara y renegara del sistema de progreso y democracia que con sus gobiernos construyó para España en estos años últimos junto con partidos de derecha y de centro.

A su juicio, no sería consecuente con la trayectoria del partido pactar o simplemente aceptar la complicidad de un batiburrillo de organizaciones de extrema izquierda que se autodefinen como antisistema, vinculadas algunas a regímenes populistas, teocráticos y antioccidentales e inmersas otras en un proceso de ruptura de la unidad de España.

Vázquez mantenía la esperanza de que, a la luz de la Historia, donde hubo fuego siempre queden rescoldos y de que los hoy partidos constitucionalistas logren resolver con diálogo entre ellos la aparente cuadratura del círculo que dejaron las elecciones generales últimas.

Cierto es que la esperanza es lo último que se pierde. Pero no menos cierto resulta que los genes del socialismo español, mírese como se mire, no son reformistas. Ni siquiera el abandono del marxismo, la implosión del comunismo o la necesidad de reelaborar el modelo socialdemócrata han servido para desarraigar su propensión endémica hacia las posiciones antisistema y las retóricas de captación de las políticas revolucionarias.

Esta su vocación, nunca cuestionada, lejos de atenuarse, se exacerbó durante la segunda República. El socialismo humanista de De los Ríos o el marxismo evolucionista de Besteiro nunca orientaron realmente la política del Partido Socialista. Fueron estos hombres de empaque intelectual, socialistas respetados, pero políticamente marginales. Contaron mucho más personajes como Negrín y los largocaballeristas.

Cerrado el paréntesis socialdemócrata del felipismo, con Rodríguez Zapatero el PSOE volvió a engarzar con sus orígenes rupturistas, nacionalismos incluidos, a pesar de que ello le lleva electoralmente de tumbo en tumbo. Con Pedro Sánchez, la sistemática negativa no ya a un acuerdo, sino incluso al diálogo político con la derecha que por notoria mayoría representa el Partido Popular ha alcanzado tintes de irracionalidad y de anormalidad democráticas nunca vistos. Y en todo caso, su hostilidad se hubiera manifestado igual sin Rajoy y sin la financiación irregular del partido a la que ahora se aferra. El hoy cabeza visible del PP como tal y el episodio de Valencia son argumentos oportunistas de última hora.

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