Los “malhechores” de Valencia

Resulta difícil invocar la presunción de inocencia de la cuadrilla de presuntos malhechores del PP de Valencia, dados los probados antecedentes de esta banda sin piedad con respecto al apropiamiento de los fondos públicos. Pero este hecho no nos debe hacer perder dos perspectivas: que del mismo modo que anidan estos sujetos en el PP, racalan o han recalado en el PSOE y en otros parques políticos. Y sin que ello disculpe la falta de control interno que hizo posible que estas cosas pasen, no podemos generalizar a toda una organización la conducta reprobada. Por lo menos, tenemos el consuelo de que con un gobierno provisional del mismo partido en la picota, el Estado funciona y las fuerzas de Seguridad cumplen su deber de perseguir el delito y conducir ante los jueces, con las pruebas pertinentes a quienes lo hayan cometido.

Dicho lo cual, en el trance en que se halla España, precisada de un pacto de Gobierno que, insisto, no excluya a nadie, y sin escapar de la aprensión que a todos nos produce esta situación y la desconfianza que genera, no tiremos por elevación como interesa a quienes quieren aprovechar a su favor, y sólo a su favor, esta situación que requiere remontar con otra perspectiva lo que parece necesario y mejor en estos momentos.

Los corruptos del PP repugnan. Pero que el PSOE y otros en su nombre se rasguen las vestiduras como dechados de honradez no deja de ser una hipócrita reacción de puta santa. Todos tienen sus cuotas de fango presente y pasada. Que funcione la Justicia, que se persiga y depure a los corruptos y salgamos del barro para pensar en lo que precisa la nación toda en este trance.

Las alternativas sobre el papel no brindan crédito a la esperanza. Felipe González ha dicho que Podemos no es un partido que quiera reformar, sino destruir y lo moteja de leninismo 3.0. Pero es cierto que lo votaron más de cinco millones de españolas, atraídos, sin duda, por su programa social. Pero, ¿a dónde nos llevaría el resto? Bastante experiencia nos han legado ya en los Ayuntamientos donde se han instalado gracias, no se olvide, al PSOE.

Pero, a pesar de todo, nadie debería ser excluido de un gran pacto de Estado que el país necesita. Pese a los recelos razonables, a mi entender, que provoca Podemos, hay aspectos de su propio programa social que podrían ser considerados y asumibles; otras cosas no, evidentemente. Y ese es el problema: su visión del Estado, de la sociedad española, su postura frente a la Constitución y otros aspectos esenciales en los que coinciden los partidos constitucionalistas hacen prácticamente imposible el encaje.

Pero tampoco vale extender la sospecha de corrupción de manera generalizada, pese al alcance de la gravedad y extensión de la conocida. En suma, hace falta un gran esfuerzo de confianza y generosidad, superar prejuicios y pensar en el país. Pero lamento ser muy pesimista en este sentido. La única diferencia entre las soluciones a la vista, es que unas son malas y otras peores.

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