Los señores de la política

Desde que el “sudoku” político pasó a ser la gran ocupación nacional, una pandemia de pesimismo parece azotar al país. Digo esto porque en los cenáculos de amigos, en los parlamentos de cafetería, en las crónicas periodísticas, tertulias radiofónicas y televisivas se habla con gran preocupación de la incertidumbre política y económica.

Sin embargo, las cosas no son tan negras como las vemos y las pintan los analistas porque en plena interinidad política aparecen buenas noticias. Como el crecimiento del 3,2 por cien de la economía el año pasado, el mayor desde 2007; o los datos de la Encuesta de Población Activa del último trimestre que confirman la reducción del número de parados de 678.200 personas, 32.100 en Galicia.

En esta línea positiva está el turismo que alcanzó un nuevo máximo con 68,1 millones de visitantes que vieron en España un país atractivo, las ventas del pequeño comercio gallego que lideran el crecimiento del sector en suelo peninsular, las ventas de coches o la mejora de la percepción ciudadana de la marcha de la economía. Y la noticia que tanto satisface leer: el abandono escolar baja del veinte por cien, situándose en el 19,97 por ciento, en Galicia el 17, casi tres décimas menos.

A los buenos datos económicos hay que añadir la admirable paz social que ni los rigores de la crisis han conseguido alterar, lo que permite concluir que en España lo mejor es el pueblo, un buen vasallo “¡si tuviese buen señor!, como decían los burgaleses cuando pasaba el Cid. Por tanto, es verdad que España tiene problemas, muchos problemas, pero no es un país tan calamitoso que justifique tanta pulsión autoflageladora, ni el apocalipsis que predican tantos adalides del catastrofismo.

Pero también es verdad que la situación es preocupante porque la cerrazón entre partidos y la intolerancia personal entre los políticos impiden encontrar la fórmula de la gobernabilidad del país. Y de ella depende consolidar el crecimiento económico, combatir el paro, crear empleo de calidad y poder acometer las reformas constitucionales, territoriales, administrativas o educacionales.

Es decir, de un gobierno estable y coherente depende mantener lo que tenemos, que no es poco, y preparar al país para varias generaciones.

Pero los señores de la política están enrocados en sus ambiciones partidarias y personales y con sus tácticas de bloqueo alimentan la incertidumbre y pueden echarlo todo a perder. Una pena.

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