Bruselas sube el tono de sus avisos a España

España sale a una advertencia de Bruselas por semana. Y lo peor aún falta por llegar, una vez conocida la cifra de déficit público del año pasado. En ese momento -finales de febrero- ya no se hablará de advertencias y recomendaciones sino de deberes presupuestarios y probablemente fiscales, para poder jugar con gastos e ingresos. Una vez vista la calma con la que se iba tomando España la formación de nuevo Gobierno, Bruselas fue moviendo ficha, hasta subir el tono de sus avisos.

El primero en dar la cara fue el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem. Comenzó suave, con lenguaje diplomático: “Estoy seguro de que los políticos españoles harán lo que es sabio en las actuales circunstancias políticas”. No parece que le hicieran mucho caso.

Tras Dijsselbloem apareció Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. “Desearía que España se dote lo más rápidamente posible, puesto que es miembro de la eurozona, de un gobierno estable”, dijo este político amigo de Rajoy. Sus calculadas palabras -todos sabemos lo que significa un gobierno estable- se diluyeron también en medio del ruido que caracteriza actualmente la política española.

Bruselas tuvo que volver a posicionarse. Y tras los diplomáticos Dijsselbloem y Juncker llegó el turno del vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, responsable de los asuntos económicos, que hizo llegar otro tipo de mensajes, ya más elaborados, con palmadita en el hombro por el crecimiento y severas advertencias ante los ajustes que quedan por delante. Sus toques de atención fueron alfombrados por una filtración del informe España 2016, donde se dice que “los riesgos políticos derivados de la dificultad de formar Gobierno pueden desacelerar las reformas y provocar un deterioro en la confianza”. Palabras mayores, porque eso supone poner el riesgo la renovación de la deuda pública en un año en el que hay que renovar unos 400.000 millones de euros.

Es bastante evidente que Bruselas procura dejar a salvo la gestión de Mariano Rajoy -para algo siguió siempre sus dictados-, de ahí sus reconocimientos ante el dato de crecimiento del PIB, la estabilidad política a la que se quiere dar continuidad o el saneamiento de la banca. Las advertencias de Bruselas se dirigen más bien a los que vendrán, sean del equipo de Rajoy o de otro (a).

Por si acaso los políticos españoles se olvidan o se entretienen demasiado con otros menesteres, la Comisión Europea dice algo de lo que no habla ningún aspirante a formar Gobierno en España: deberán continuar los ajustes durante “algunos años”. Al tiempo observa una cierta “fatiga” ante las reformas y los recortes fiscales. Y lejos de admitir que se derogue la reforma laboral, habla de completarla. En su opinión, los riesgos proceden del elevado déficit y la deuda pública. También de la deuda privada con el exterior.

Su lenguaje medido, a veces diplomático, otras propio de un cirujano, nada tiene que ver con el debate que se traen los líderes españoles a la hora de formar gobierno o de volver a las urnas. Lo que aquí a menudo se promete o se tolera, Bruselas lo descarta. Más claro, agua: España “no cumplirá los objetivos de déficit de 2016 sin ajustes adicionales”, dice la Comisión Europea. Y en el mejor de los casos, si la economía sale del rescate mejor preparada, Bruselas añade desafíos que exigen “esfuerzos adicionales”.

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