Frases para la historia

Ya fueran cronistas o historiadores, en el pasado tuvieron por costumbre adjudicar algunas frases, más o menos ingeniosas, a los principales protagonistas de la Historia. Con ellas se podría editar una antología del disparate y un tratado de petulancias. Pero ahí están equilibrando los barcos con la honra o montando tanto Isabel como Fernando dentro o fuera del lecho nupcial, según quien escriba el guion. Ahí están viendo pasar el jocoso retrato del tiempo.

En nuestro presente resultará difícil elegir la frase justa para, por ejemplo Juan Carlos I -quizás: “-me equivoqué, no volverá a suceder”-, o para Felipe González, para Aznar, para Zapatero… El caudal dejado en las video-hemerotecas es inmenso. Ningún pronunciamiento único podrá definir a nadie. Cada semana se nos brinda material para una antología. En la que hoy concluye, la operación Taula contra la corrupción del PP en Valencia nos ha proporcionado verborrea suficiente para inmortalizar a quienes la pronunciaron. Sin embargo, no serán inmortales. De momento.

Me quedo con algunas frases y empiezo por Mariano Rajoy justificando su buen hacer frente al sarpullido de la corrupción. Ha dicho: “Hemos permitido que la justicia y la fiscalía actúen con libertad”. ¿Puede entenderse de otro modo la división de poderes? ¿O está desvelando que el partido en el poder tiene potestad para dirigir o manipular a la Justicia, como todos suponemos? Tal presuntuosidad resulta muy grave en boca de un presidente del Estado. No creo que la escriban en su epitafio político.

La frase de Alfonso Rus -encausado expresidente del PP valenciano- pertenece al manual de los soberbios: “Todo esto es un montaje, ya diré de quien”. Esta frase es de las que luego se sirven con patatas cocidas en el comedor de la cárcel. Pero Rus aún no lo sabe. Tiene por delante, como Fabra o como Matas, tiempo y lugar para seguir componiendo frases históricas.

Del mismo modo, Rita Barberá, con “en Valencia no se han amañado contratos en 24 años”, ha cavado la tumba de su penosa credibilidad. Se define así como los tres monos del cuento. Ni ve, ni oye, ni habla del asunto. La afirmación quedará perdida en algún legajo del sumario a medida que se destapen las posibles triquiñuelas.

No obstante de lo escrito, el impacto real lo ha protagonizado un corrupto, ahora místico, llamado Marcos Benavent. Su frase, “yo era un yonqui del dinero”, ha condensado en seis palabras toda la inabarcable filosofía de la corrupción política. Es la mejor síntesis posible para entender cómo y por qué hemos llegado a este estado de podredumbre partidista e institucional. Los historiadores oficiales la guardarán bajo la alfombra de algún ministerio pero es buenísima. Es el perfecto retrato de toda una época.

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