Decisionismo y relativismo

El Estado, los poderes públicos, deben fomentar un ambiente de pluralismo, un espacio en el que las distintas y variadas expresiones que conforman la vida social puedan libremente exponer sus puntos de vista. El Estado, los
poderes públicos, no pueden, no deben, tomar partido en las discusiones y en los debates que afectan a los aspectos esenciales de la vida humana como no sea para proteger la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales.

Así, por ejemplo, lo establecen las constituciones modernas cuando, por ejemplo, señalan que los poderes públicos deben promover las condiciones para que la libertad y la igualdad de las personas y de los grupos en que se integran sea real y efectiva, removiendo, además, los obstáculos que impidan su realización. Tal mandato a los poderes públicos es claro y cuando desde el Estado se pretende imponer una determinada forma de entender asuntos y cuestiones que afectan a la vida de las personas se invade el espacio que es propio de la persona y de las instituciones de base social.

Pues bien, los relativistas dicen que la autoridad se deriva únicamente de la decisión de afirmar un conjunto de valores sobre todos los temas. Esos valores para los decisionistas no son universalmente verdaderos aunque a diferencia de los relativistas, se trata de valores sobre los que es menester tomar partido, sustituyendo la verdad por un acto de voluntad justificando así la supremacía de unos valores sobre otros.

En Europa el decisionismo preside la actuación de numerosos gobiernos. En efecto, como dice Casey, la decisión de optar por unos valores sobre otros se deja en manos de las mayorías parlamentarias, haciendo de la mayoría la fuente de la verdad. Alexy ya advirtió en su momento la pertinencia de conformar los derechos fundamentales de la persona como derechos subjetivos de especial relevancia, al margen de las mayorías porque surgen y encuentran su base en la dignidad del ser humano, que es el mismo fundamento del Estado y de la autoridad pública.

Desde esta perspectiva, desde el decisionismo, la verdad trae causa de las mayorías siempre que haya sido obtenida por el procedimiento correcto. La decisión de la mayoría es lo que cuenta. Si resulta que la mayoría prefiere los derechos de los animales sobre los derechos de las personas, si resulta que la mayoría acepta la maternidad subrogada, adelante.

Lo que cuenta es la decisión y eso lo que determina lo que es conveniente y apropiado en cada caso. A falta de verdad, lo relevante es el procedimiento y su capacidad para resolver conflictos.

Claro, tal cuestión, que debió haberse superado tras las amargas experiencias de los totalitarismo nacidos en las urnas ofrece flancos evidentes. Uno de ellos, el respeto por ejemplo a opiniones y manifestaciones de minorías que no por eso tienen menos relevancia. En estos casos, la tolerancia intolerante, el primado del procedimiento, conduce, lo vemos a diario, a la condena, a la cárcel, al ostracismo, a la exclusión. Simplemente por defender valores y principios derivados inescindiblemente de la dignidad humana. Así de claro.

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