La austeridad de Diógenes

Cuenta la leyenda que cuando el filósofo Diógenes Laercio, buen historiador del pensamiento de los filósofos clásicos, paseaba por los mercados de Atenas y veía tanta y tan variada mercancía expuesta para que la comprara la gente exclamaba asombrado: ”Dios mío, ¡cuántas cosas no necesito!”.

Es un brillante y acertado pensamiento, como no podía ser de otra forma viniendo de un sabio de aquella nación “educadora de occidente”, que deberíamos apropiarnos todos en estos días de gran tradición comercial de las largas fiestas de Navidad en las que, atrapados por tanta ternura y felicidad sobrevenida, podemos resistirlo todo menos la tentación de comprar productos que no necesitamos.

Hace años, cuando España iba bien, se criticaba el consumo desmedido estimulado por campañas publicitarias agresivas que tenían tanta fuerza que hasta “creaban” necesidades para incitar a la gente a comprar compulsivamente. En esto llegó la crisis que cambió la visión de las cosas y hoy el consumo es como una bendición de la fortuna porque estimula la producción de las empresas y genera empleos, salarios y nuevas inversiones en un círculo virtuoso que reactiva la economía y la recuperación del país.

Por eso los expertos celebran el importante repunte del consumo que además, para muchos analistas, es una de las señales del fin de la austeridad, la gran “bicha” que tiene muchas connotaciones negativas, políticas y sociales, porque se identifica con una cadena de privaciones impuestas por los gobiernos de turno, siguiendo el mandato de la Unión Europea y de su profeta, la señora Merkel.

De hecho, esta austeridad va derribando gobiernos en casi todos los países y da munición a los políticos de la oposición que rechazan las medidas de ajuste y recorte de los ejecutivos. Aquí mismo, en la campaña electoral finalizada hace pocos días, una de las grandes promesas de todos los partidos fue acabar con ella, promesa sostenible solo hasta que apareciera la troika.

Diógenes Laercio entendía la austeridad en su genuino significado de “consumo racional”, una reflexión sensata y válida también ahora porque, en medio de las privaciones que impone la crisis, seguimos cometiendo excesos “comiendo con los ojos” y comprando sin sentido cosas que no necesitamos para mantener un estándar de vida razonable. Pero seguro que sus reflexiones no serían hoy políticamente correctas.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar