Librerías, libros y lectores

El escritor Manuel Rivas regresa a la novela con «El último día de Terranova», un relato de la vida de una librería que fue testigo de emocionados encuentros, refugio de libros prohibidos y de disidentes y después de sesenta años de resistencia cuelga el cartel «Liquidación de existencias por cierre inminente», víctima de la especulación inmobiliaria.

Pero las librerías tienen otro enemigo tanto o más poderoso que la piqueta en la pérdida de lectores. Además de que un 40 por ciento de la población nunca o casi nunca lee, la crisis económica hizo caer las ventas, y las pautas de comportamiento de los jóvenes, universitarios incluidos, tienen en poca consideración a los libros.

Hace unos días José Luis Colmeiro, veterano librero en Santiago, decía que años atrás el mayor nivel de venta de libros se alcanzaba al comienzo del curso universitario, «pero agora a universidade baixou en picado pola irrupción de internet e as fotocopias, e tamén por unha perda xeneralizada de amor ao libro como tiñamos antes».

Internet permite acceder de forma fácil y cómoda a informaciones sobre todos los temas, aunque no toda la información sea fiable, y de la red forma parte el e-book, el libro electrónico con capacidad de almacenar decenas de textos, que para mucha gente tiene más atractivo que el libro tradicional.

Las fotocopias de los apuntes son la única fuente de información y conocimiento para un amplio número de estudiantes. «Dáme a sensación que agora se pode estudar una carreira sen comprar ningún libro», sentencia Colmeiro. Los apuntes se comercializan cada curso en esas otras librerías atípicas que son las copisterías sin que los estudiantes se ocupen de testarlos y complementarlos con lo que se dice en un libro que antes llamábamos de texto.

Cuesta creer que de las aulas universitarias salgan médicos, ingenieros, profesores y otros titulados sin haber consultado al menos media docena de libros de su especialidad. Pero esa es la realidad de la «degeneración» de los estudios universitarios que merecería una reflexión de las doctas instituciones y de toda la sociedad.

Rivas se lamenta de que desaparezcan las librerías porque «es como si desaparece el suelo bajo nuestros pies», pero su futuro no parece muy halagüeño. Tampoco es fácil saber cómo revertir esta situación para recuperar la sana costumbre de leer y saborear el placer de sentirse acompañado por los libros en una biblioteca casera apañada.

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