Gobernar en alianza

Aseguran los entendidos que lo raro en Europa es gobernar en solitario y que si aquí, a la vista del embrollo dejado por las urnas el domingo, llegara a fraguar un Gobierno de coalición, España se sumaría a los veintidós países de la Unión Europea que así funcionan.

Hay coaliciones para todos los gustos: de signo conservador, como en Bélgica o Finlandia; de izquierdas, como en Portugal o Dinamarca, y de colores opuestos como en Alemania, Suecia, Austria o Países Bajos. Las hay suscritas por las dos grandes formaciones políticas del país, al estilo de la “grosse koalition” alemana, y las hay formadas por el ganador de las elecciones y un tercer partido bisagra, que es la más habitual.

Quien más quien menos tiene un cierto miedo a formar parte de la entente porque, para el más pequeño, suele ser como el abrazo del oso. Es decir, que en las siguientes elecciones tiene todas las de perder. Es lo sucedido con los liberales en las recientes elecciones británicas, donde éstos han prácticamente desaparecido del escenario político arrollados por los conservadores de Cameron.
Lo que, sin embargo, ya no resulta tan corriente es el pacto entre perdedores, como se prodiga aquí en niveles autonómicos y locales y que muy probablemente tenga su estreno no tardando en el ámbito estatal. No vale del todo como referencia el antecedente de Portugal, donde pese a haber ganado las elecciones últimas la coalición conservadora de Passos Cohelho, ahora gobierna una coalición de tres partidos de izquierda. Pero ello ha sido fruto, como se recordará, de una moción de censura.

En Francia sus ciudadanos tienen la fortuna se ser ellos quienes deciden, cuando procede, las mayorías de gobierno a través de una segunda vuelta en la que sólo entran en liza los dos partidos con mejores resultados en las urnas. Esto es, que en principio no puede darse el caso de que llegue al palacio del Elíseo cualquier otro peor clasificado, como sucede en ocasiones en nuestro país.

Y es que nuestro país es un caso aparte en toda la dinámica electoral. En la referida Francia hay partidos legales, pero proscritos a la hora de la verdad. Es el caso del Frente Nacional, de Marine Le Pen. Sus adversarios ven en él un partido ultraderechista, xenófobo, euroescéptico y antiemigración. En España el apestado es el Partido Popular.

Pero mientras en el país vecino buena parte del electorado alega razón o planteamiento político para que así sea, aquí no. Aquí se proscribe el PP porque sí. Aquí unos corren a las notarías para que quede fe pública de que no votarán nunca jamás en las instituciones al Partido Popular y otros lo celebran con regocijo. Aquí se dice no al PP sin siquiera haberse saludado.

Aquí el llamado cordón sanitario que la izquierda ha montando en torno al PP es absolutamente gratuito. Otra consideración no se me ocurre. Y es que los artífices del veto sistemático no tienen otro “argumento” que el de la sinrazón. Porque no creo que puedan aducir que la actual derecha democrática tenga algo que ver con la derecha que colaboró con el franquismo.

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