El resultado electoral y el futuro de los “expectantes”

Las elecciones, todas las elecciones, tienen un aspecto humano en el que no siempre reparamos. En Italia los llaman los expectantes. Son aquella serie de personas cuya estabilidad laboral, personal y hasta familiar depende del resultado. Para nosotros son simplemente las clientelas de los partidos; de todos los partidos. Es una de las miserias de la política.

En nuestros días pervive, aunque con otras fórmulas, la inveterada institución del funcionario cesante de la Restauración. Como se sabe, antes de la profesionalización de la Administración, con los partidos turnantes entraban y salían de los ministerios oleadas de empleados del Estado, cuya permanencia en el puesto dependía de la continuidad del partido. Así iban las cosas. No han cambiado tanto, en algún sentido.
Lamentablemente, estas clientelas nutren gran parte del aparato de todas las administraciones y, cuando no consiguen asentarse -que con frecuencia lo consiguen por vías espúreas, su suerte queda ligada a que los suyos repitan.

Asesores, secretarias, directores, puestos de confianza y designación están al albur de la suerte que las urnas deparen a los jefes de filas. Y una tropa semejante espera en sus cuarteles para lanzarse sobre las posiciones anheladas, caso de que éstas sean desalojadas.
El problema no es que este fenómeno ocurra, que hasta cierto punto y grado es inevitable. Lo peligroso es que estas sinecuras no se limitan a los puestos de gestión política de la Administración, sino que las clientelas de los partidos, en aquellos ámbitos donde gobiernen y del color que sean, han crecido de forma tan llamativa, que se han profesionalizado hasta niveles insoportables. Y no es bueno para la democracia.

Lo mismo ocurre con algunos candidatos, quienes llegan a creerse que su oficio es ser diputado, en lugar de una temporal ocupación. Hace unos años, en tiempos de UCD, un parlamentario autonómico, creyendo que este era un empleo de por vida, se acogió a un beneficiosímo plan de jubilación de la empresa industrial en la que trabajaba en Vigo. A este hombre le cayeron del cielo un montón de millones por la baja anticipada y se arrellanó en el escaño bendiciendo su suerte. Era un caradura.
En las siguientes elecciones, las tornas no le fueron favorables, y quedó excluido de la lista nutricia. Montó en cólera y reclamó su acta, advirtiendo que él había decidido a la política y entregado al partido, y que, por ello, abandonara su seguro empleo, al que tampoco tenía ocasión de retornar. Y se quedó con los millones, sin acta y sin ocupación.Pero el caso refleja el talante con que no pocos acuden a las elecciones, con la única pretensión de resolverse la vida y si puede ser para siempre, mejor.

Que un partido reparta entre los suyos los puestos de libre designación es normal y aceptado. La sociología electoral reconoce que las contiendas son lo más parecido a una guerra y que el poder, en el más plebeyo de los sentidos, es el botín. Y el botín se reparte como hacían los bucaneros. Y todo el mundo quiere su parte.

Lo malo es que la gente que trabaja normalmente, que paga los impuestos y reconoce a los beneficiarios de esta lotería, se siente frustrada y desconfiada cuando ve a tantas personas no precisamente capaces encaramadas en funciones que ampliamente las rebasan.

Los italianos, que tienen un especial sentido del humor, suelen decir que es mejor que las cosas no cambien mucho, porque cada vez que cambian hay que volver a empezar de cero… las cuentas. Quizá por eso son capaces de arreglarse sin gobierno.

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