Tiempo de distinguir entre gasto e inversión

El economista Marcelino F. Mallo constata algunos datos que dan que pensar. En EE UU, país de origen de la reciente crisis mundial, resulta que la recesión duró solo dos años, 2008 y 2009, en buena medida gracias a la respuesta de su banco central, presidido entonces por Ben Bernanke, próximo a los demócratas y partidario de una política más bien expansiva. Por el contrario, la eurozona, obsesionada por el control del gasto público, presenta una evolución más precaria, con caídas del PIB en 2012 y 2013 y un crecimiento posterior inferior al de EE UU. De hecho, en 2015 la zona a la que pertenece España crecerá en torno al 1,5%, un punto menos que la primera potencia del mundo.

Para el catedrático Luis Caramés, la conclusión salta a la vista: la Reserva Federal está marcando una senda de endurecimiento del coste del crédito en el medio y largo plazo. ¿Sólo en EE UU? De momento, sí, pero no faltan expertos que aventuran un cambio de ciclo, también en la vieja Europa. Como advierte el economista Juan Carlos Díez, las compras de deuda por parte del Banco Central Europeo algún día acabarán.

A pesar de los recortes del gasto y de las subidas de impuestos de la legislatura que ahora se acaba, España sigue teniendo el mayor déficit de la eurozona. Su problema incluso afecta a la Seguridad Social, lo que pone las pensiones en peligro. Son muchos los deberes por delante para el nuevo Gobierno. La clave no estará tanto en gestionar recursos escasos como en la creación de riqueza, susceptible de ser repartida. Y ahí el gran lastre está en la precariedad industrial, lastrada por su déficit tecnológico.

La subida de tipos de la Reserva Federal beneficiará a las empresas españolas, que podrán vender de manera más competitiva en EE UU, como vaticina la profesora María Cadaval, pero de poco importará esa ventaja si España no tiene capacidad real de competir con productos de alto valor añadido.

La exhausta economía española precisa dinero fresco desde el estallido de la burbuja inmobiliaria y la crisis bancaria, pero tropieza con que Alemania no acepta darle a la máquina de los billetes, como hizo EE UU, porque Angela Merkel no quiere asumir la inflación resultante. Claro que si ahora ese dinero llega y se dedica a la economía improductiva tampoco se resolverá el problema de fondo: un país que no sabe a qué debe dedicarse para producir más y mejor.

Sobre la mesa siguen dos grandes visiones económicas: una de corte más estatalizado -incluso en EE UU, con la nacionalización de General Motors, de nuevo privatizada sin que el Estado perdiese dinero- y otra más liberal, impuesta por círculos tan divergentes como el FMI, la UE, el Banco Mundial o la banca, de tal modo que los planes de estímulo para los más keynesianos son una vía de compensar la caída de la demanda privada, pero para los más liberales constituyen un derroche y una injerencia del Estado.

Sea como sea, cuando se habla de gasto público hay que distinguir entre gasto corriente e inversión. Por eso es tan importante reactivar la economía y generar ingresos que permitan devolver la deuda. La pública y, sobre todo, la privada, que es la que más pesa en España. El nuevo Gobierno seguramente no podrá eludir todas las políticas de austeridad pero lo esencial es que sea capaz de reactivar la economía y la creación de empleo, para llevar esperanza a millones de hogares que sufren la crisis de forma dramática.

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