Segundas vueltas

Muy mal se le presentaban a Gerhard Schröder las elecciones federales de 2002. En un contexto de ajustes económicos internos y de tensión exterior derivada de los forcejeos previos a la invasión de Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein, estaba más que en el aire su reelección al frente de la cancillería alemana.

Pero a un mes de los comicios, unas catastróficas inundaciones provocaron en el país enormes daños y brindaron a Schröder la oportunidad de demostrar una vez más su astucia. El canciller se personó en las localidades afectadas, pisó el barro, supervisó las labores de rescate y, de regreso a Berlín, anunció el aplazamiento de la reforma fiscal para así destinar 6.900 millones de euros a la reconstrucción de la zona y ayudar a los miles de damnificados. Días más tarde, ganaría las elecciones y gobernaría en coalición con Los Verdes.

Un similar vuelco de expectativas se esperaba en las recientes elecciones regionales francesas. No se descartaba que el presidente Hollande, siempre muy bajo en encuestas e índices de popularidad, rentabilizara en buena manera su gestión de la crisis tras los atentados de París; su haber logrado aunar al país en torno a los grandes símbolos nacionales.

Pero no. Se ve que ha impresionado más fuera que dentro. En la primera vuelta de los comicios el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen, una formación ultranacionalista, euroescéptica y antiemigración, fue quien capitalizó el miedo de los franceses y alcanzó las cotas electorales más altas de su historia: se impuso en seis de las trece regiones en liza y resultó ser la fuerza más votada en el conjunto de los sufragios emitidos a nivel nacional. Tuvo que venir la segunda vuelta que en el país vecino consolida mayorías estables para que el FN no pudiera pasar el filtro del “cordón sanitario” establecido por la alianza del llamado frente republicano. No gobernará en ninguna de las regiones y ha quedado, por tanto, fuera del juego político pese a haber mantenido la confianza de una tercera parte de los electores.

En Francia, pues, son los ciudadanos quienes en segunda vuelta deciden, cuando es el caso, los acuerdos de gobernabilidad. Debería gobernar en principio la lista más votada. Pero, en fin, y aunque los efectos vienen a ser los mismos, no deja de ser un sistema más asumible que el que funciona en nuestro país, donde son los partidos quienes siempre que pueden se apoderan de las urnas y al margen del electorado establecen las mayorías de poder.

Probablemente será lo que suceda esta noche cuando concluya el recuento de papeletas.

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