Generaciones vacías

El Instituto Nacional de Estadística acaba de publicar un dato preocupante: en el primer semestre del año en curso murió en España más gente de la que nació. En concreto, 206.656 niños vinieron al mundo ente enero y junio de este 2015 frente a las 225.924 personas que nos abandonaron en el mismo periodo. Ello arroja un saldo negativo de 19.268 personas.

Es un dato que sólo se dio fugazmente en los seis primeros meses de 1999 y que, para un año completo, no ocurría desde el durísimo 1939, con un país salido de la guerra civil y que vivía en medio de una gran precariedad material y zozobra económica. Y antes, en 1918 por la pandemia de gripe.

De momento, esta situación de números rojos no se ha producido en un año completo. Pero, a juicio de no pocos especialistas, la tendencia de la sociedad española a un suave, pero constante descenso de los nacimientos, al tiempo que aumentan progresivamente las defunciones, nos conducirá, como muy tarde en 2016, a un dato histórico ya para doce meses: el que mueran más personas de las que nazcan. Otros no ven el horizonte tan crítico y estiman que la tendencia no tiene por qué mantenerse para el resto del año.

No obstante, el que una sociedad tenga menos hijos y que su población envejezca –cada vez mejor- no preocupa tanto cuanto la nueva realidad de las llamadas “generaciones vacías”; esto es, la existencia de años donde nace muy poca gente y, por tanto, pocos hombres y mujeres que después puedan ser padres y madres. Generaciones que ya están empezando a entrar mientras que las del baby-boom van abandonando por imperativo biológico las edades fértiles.

A este dato hay que sumar el hecho de que España es el país en que la diferencia entre fecundidad deseada (2) y observada (1.3) es la más alta. Se quieren tener hijos, pero no se pueden tener por muy diversas circunstancias: por un lado, la incidencia de la crisis (el paro femenino llega al 24 por ciento) y, por otro, el sistema de trabajo encorsetado, con poca flexibilidad, que penaliza la conciliación de la vida laboral y familiar.

Así se está retrasando mucho la edad a la que las parejas se proponen tener hijos, lo que va en contra de la biología. Entre ello y otros planteamientos de tipo personal no es de extrañar que nuestro país registre una de las medias más bajas de hijos por mujer y que, por tanto, se esté muy lejos de asegurar el relevo generacional o reposición natural de la población. Un suicidio demográfico a cámara lenta, pero inexorable.

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