Confiados en exceso

Ante la violencia, sea de baja, media o alta intensidad, nos encontramos en una situación similar a cuando conducimos un coche. Al volante –lo sabemos bien- experimentamos normalmente una sensación de invulnerabilidad . Pero si pasamos delante del lugar de un accidente, nos damos cuenta de improviso de nuestra extrema indefensión. Durante un rato vamos más despacio; prestamos mayor atención. Pero sólo durante un rato. Al poco tiempo, lo hemos olvidado. En la vida convivimos no pocas veces con el miedo, pero al final lo filtramos.

La reflexión viene a cuento de la brutal agresión sufrida por Mariano Rajoy en Pontevedra. Me imagino que estas horas los servicios de seguridad nacionales y de los propios partidos se habrán preguntado ya, al igual que muchos ciudadanos, si no nos estaremos confiando demasiado. Fue un despiadado puñetazo a traición. Pero pudo haber sido cualquier otra cosa de mucha mayor magnitud.

Cierto es que las campañas han exigido siempre –y parece que ahora más que nunca- la cercanía al ciudadano eventualmente votante, hasta el punto de que los paseíllos por plazas y mercados, repartiendo programas y besos, han formado parte de la praxis electoral. Más allá de un que otro abucheo, todo solía discurrir de forma amable y simpática. El suceso de Pontevedra lo ha puesto, sin embargo, en cuestión. El presidente no puede arriesgar sin necesidad.

Gobiernos y servicios de inteligencia andan viendo cómo incrementar y mejorar los controles de fronteras y los movimientos de viajeros en los grandes servicios de transporte Unos y otros son conscientes de que falta mucho por hacer. Hay todavía mucho incontrolado suelto, como lo han demostrado los recientes atentados de París, por no ir más lejos.

En cuestión de seguridad el mundo ha cambiado enormemente y no está claro que la sociedad se haya adaptado al nuevo escenario. En no pocas facetas de la vida se han traspasado muchas rayas rojas hasta ahora infranqueadas. Hoy día, todo o casi todo es posible. Ya no vale tener como referencia lo que hasta ahora ha venido siendo ni el modo y manera como se ha venido produciendo. Y no es alarmismo. Es realismo.

Desde una perspectiva más doméstica habrá que anotar el hecho de que, como era de esperar, todas las formaciones políticas han condenado enérgicamente la agresión al presidente. Pero ello no debería llevar a nadie a olvidar la comprensión, cuando no la justificación, que muchos de representantes de nuestra extrema izquierda han brindado a la violencia cuando se reivindica como revolucionaria y antifascista. De aquellos polvos pueden muy bien venir lodos como lo sucedido en Pontevedra.

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