¿Volveremos a votar tapándonos la nariz?

El gran periodista italiano Indro Montanelli, quien dijo aquello de que en ocasiones hay que votar, aunque sea tapándose la nariz (quizá no sólo pensaba en su Italia sino predijo la España de nuestros días) inventó un método para ser empleado por los electores en situaciones como la presente, en que cuatro de cada diez ciudadanos todavía no sabe a quién votar.

Decía Montanelli que, en estos casos, se debe hacer una lista con las opciones de los diversos partidos, y en lugar de anotar por qué se votaría a cada uno, se haga lo contrario: colocar en columna las razones para no votar. Y resolver hacerlo por el que tenga la columna más corta. Yo lo he experimentado, y las columnas son parecidas, si bien en algunos casos, sobresalen propuestas disparatadas.

Ya he citado alguna vez que, hace casi medio siglo, J.T. Klapper, en un clásico estudio sobre el particular, nos enseñó que las campañas de propaganda electoral sirven únicamente como factor de refuerzo para los que están más o menos decantados hacia una opción concreta y que, por lo tanto, la propaganda actúa, en este sentido, más como confirmadora que como desencadenante de opiniones nuevas. Y, lo que es evidente, no pocas veces, deciden precisamente los indecisos. También advirtió del riesgo de utilizar como reclamos la figura de los llamados «líderes de opinión»(artistas, deportistas, intelectuales) en apoyo de una u otra opción. Cuando los ciudadanos se sienten manipulados, el efecto puede ser el contrario.
Y en ese sentido, los fichajes de formaciones como Podemos pudieran causar el efecto contrario al deseo, como en determinados casos, los sondeos electorales parecen augurar.

Los prontuarios de las campañas electorales se parecen mucho a dos cosas: los serminarios de la Iglesia (una especie de guías para la prédica desde los púlpitos de la Contrarreforma) a los skechts de los payasos de circo. Me explico: hace años, entrevisté a los célebres payasos “Hermanos Tonetti”, quienes me contaron cómo en sus girar por España adelante iban adoptando sus cuadros cómicos a la vida cotidiana y a los personajes de la cada plaza visitada. Cada vez que preparaban sus espectáculos, montaban una serie de números y chistes sobre aspectos generales de la sociedad de su tiempo. Y antes de visitar una plaza se hacían con periódicos del lugar que examinaban cuidadosamente, extrayendo una impresión general en cada caso. Luego, en cada ciudad, adaptaban los chistes a los personajes y situaciones locales, de modo que lograban inmediatamente la complicidad del público.

Las campañas electorales son lo mismo y se emplea idéntico método. Lo he visto cuando seguí a los líderes nacionales en su ruta y lo comprobé. El asunto funciona así: Los estados mayores y los gurús que asesoran a los partidos elaboran los contenidos de la campaña, las ideas fuerza, los diversos tics y los candidatos los aprenden y asumen. En cada plaza ese esquema general se adapta al lugar. Nunca falla. Unos y otros y unos contra otros, se lanzan ataques predeterminados dentro de esa estrategia.

Siempre es lo mismo.
Esos discursos, que tan espontáneamente parecen dirigirnos los candidatos, han sido escritos semanas atrás (generalmente por especialistas en publicidad electoral), a partir de un esquema de ideas básicas que aporta el partido y que los redactores enriquecen y desarrollan con anécdotas, chascarrillos y recursos de efecto que habrán de provocar la esperada y calculada reacción del público. La aportación del candidato es, generalmente, escasa. La improvisación, mínima, salvo las necesidades que dicte la actualidad. Si acaso, se municiona con media docena de ideas guía que constituyen el «leitmotiv» de su discurso.

Por eso, una campaña electoral a la vieja usanza es tan aburrida.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar