Interesa la tensión

Pocos días antes de que se iniciara la campaña para las generales de marzo de 2008 Rodríguez Zapatero tuvo una confidencia con Iñaki Gabilondo. Al término de una entrevista televisiva, y sin advertir que los micrófonos estaban todavía recogiendo sus palabras, el candidato a revalidar legislatura por el Partido Socialista y a la sazón presidente en funciones se sinceró con su periodista de cabecera. “Nos interesa la tensión”, le dijo.

Y no es que los sondeos le fueran mal. Él mismo lo reconocía así. Las perspectivas eran buenas; “sin problemas”. En realidad, Rodríguez Zapatero ganó aquellas elecciones con algún diputado más que cuatro años antes y quince por encima del Partido Popular. Pero aun así convenía que hubiera tensión. Y es que la bronca, la crispación y el enfrentamiento son una constante en la estrategia electoral del PSOE.

Habrá que rebobinar un poco para recordar cómo en 1996 al Partido Socialista le pintaban bastante mal las cosas. Felipe González llevaba casi catorce años en el Gobierno y los nuevos comicios le iban a permitir pelear por un quinto triunfo electoral, lo que parecía imposible a tenor de las encuestas.

Ya al borde de la campana el PSOE había salvado las elecciones de 1993. Pero las del año en curso se presentaban casi imposibles. Así fue cómo el comité electoral puso manos a la obra de buscar un revulsivo que diera la vuelta a los pronósticos. Fue la célebre campaña del dóberman; un perro fiero de boca negra y dientes afilados que, a los compases de una música tétrica, ilustraba la “España en negativo” del PP frente a la “España en positivo” del PSOE, donde todo y siempre aparentaba primavera.

Los ladridos del dóberman ensordecieron la campaña. Durante diez días no se habló de otra cosa. El PSOE logró centrar la atención en el video de marras y, a partir de ahí, intentar colocar sus mensajes. El éxito, sin embargo, no les acompañó en las urnas. Para muchos ciudadanos, aquel video sólo podía haberlo concebido alguien que se sabía derrotado. Era el desesperado último cartucho de quien no tenía nada que perder. Y así fue.

Ocho años más tarde (2004) el fin de campaña vino a coincidir con los trágicos atentados terroristas de Madrid. Y el Partido Socialista, con Rodríguez Zapatero agazapado en las penumbras y Pérez Rubalcaba ante las cámaras, no tuvo empacho no sólo en violentar la jornada de reflexión, sino –lo que fue mucho peor- en convocar un asedio popular a las sedes del PP sin siquiera haber enterrado a los dos centenares de muertos.

Llegados a este punto, el desabrido e insólito comportamiento de Pedro Sánchez en el cara a cara televisivo del lunes ha sido el último capítulo de la habitual estrategia electoral socialista. Con el agravante de haber llegado en esta ocasión incluso a la afrenta personal. Con un partido en caída libre, a punto de ser cuarta fuerza y superado por ambos flancos por los emergentes, a nadie le habrá extrañado que el PSOE volviera a sus esencias. Y, como se ha dicho, sus esencias son la bronca y el enfrentamiento. El “conviene que haya tensión” de toda la vida.

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