La España tenebrosa

Como por razones de edad uno va acumulando cierta memoria retrospectiva, el Pedro Sánchez del lunes en el cara a cara televisivo con Mariano Rajoy me recordó al Manuel Fraga de un debate sobre parlamentario sobre el estado de la nación con Felipe González. En aquella ocasión –octubre de 1984- el entonces tonante y pletórico presidente de Alianza Popular dibujó ante el al presidente del Gobierno una imagen apocalíptica de la situación en España.

A juicio de Manuel Fraga, todo era un desastre: paro creciente, salarios a la baja, aumento de la presión fiscal, elevado gasto público, inflación, menos libertad educativa… Todo, una desgracia y una ruina. No hubo insultos personales, eso sí. Felipe González le replicó sin perder la compostura y le comentó lo que, para él, había sido el “fallo fundamental” de la intervención del líder aliancista: el haber hecho una descripción “absolutamente catastrófica de la realidad, sin haber siquiera atisbado el reconocimiento de alguna mejora· “Esto es lo que le pierde”, concluyó González.

Tenía toda la razón el entonces presidente del Gobierno. Hay críticas que por totalizadoras y totalizantes se autorrestan credibilidad. Así fue en aquella ocasión y así ha sido en el debate electoral del lunes, con un Pedro Sánchez lanzado desde el minuto uno a la inmisericorde descalificación política y personal de Mariano Rajoy. Todo un cúmulo de males sin mezcla de bien alguno. Como el infierno que describía el viejo catecismo.

En esta tarea de demolición sistemática lleva Sánchez –es cierto- quince meses. Desde que se hizo con la secretaría general del partido, no dejando títere con cabeza y describiendo una España tenebrosa que, con sus sombras, digo yo que también tendrá sus innegables luces.

Un Pedro Sánchez dialécticamente enloquecido, que terminó demarrando en el insulto personal, digno casi de juzgado de guardia. El “hasta aquí hemos llegado”, de Rajoy estaba más que justificado. Dicen incluso que al candidato y presidente del PP se le pasó por la cabeza levantarse de la mesa. Tampoco hubiera estado fuera de lugar. Lo malo para él es que, al final, el sistema mediático ha metido a uno y otro en el mismo saco de la bronca. Como si el insultar y el replicar en legítima defensa fuesen idéntica cosa.

La pasividad del moderador, Sánchez se hizo con el debate. Fue juez y parte al tiempo. Moderó y actuó. Habló de lo que quiso y cuanto quiso. Y Campo Vidal, estático; como un palo de la luz, dejándole al candidato socialista cancha libre. No sé si por impericia profesional, por simpatía filosocialista o por ambas cosas el pomposo presidente de la pomposa Academia de las Letras y las Artes de Televisión de España no habrá quedado desautorizado para moderar más debates de esta naturaleza. En realidad lo que mejor hizo fue actuar como paragüista para, en su llegada, proteger de la lluvia a los candidatos.

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