Un país que aún no sabe a qué dedicarse

El paro surgió precisamente por ese motivo: la falta de actividad en la construcción, la vieja locomotora del país, se llevó por delante millones de puestos de trabajo. Echarle toda la culpa al Gobierno de Zapatero es tan poco riguroso como atribuirle al Gobierno de Rajoy todo el peso de la crisis actual. Disculpar sus errores tampoco sería comprensible. Ambos se han equivocado en la gestión de una crisis producto del pinchazo de una inmensa burbuja alimentada y/o consentida entre todos.

El PSOE pagó cara la primera parte del ajuste, en parte ordenado por Bruselas, y el PP también pagará un alto precio –la pérdida de la mayoría absoluta- por su gestión económica, que trajo más desigualdad, más precariedad y más pobreza. La diferencia entre ambos va a estar en que el PP es posible que mantenga el Gobierno, en minoría, al darse de baja millones de votantes: probablemente los mismos que han sufrido el paro y las rebajas salariales. Nada es casual. Tampoco la postura de Bruselas, que representa los intereses de Alemania, partidaria de una cierta ortodoxia presupuestaria al precio que sea.

Se pueden hacer comparaciones del balance de Rajoy con el de Zapatero y dar por derrotados a ambos. En realidad, no hay prácticamente nada mejor en 2015 que en 2011 pero tal vez carece de sentido económico en clave de futuro la propia comparación. Hablamos de dos países distintos, el de finales de la pasada década y el de comienzos de la presente. Un botón de muestra: la España de Rajoy tiene 300.000 millones de euros más de deuda pública que la de Zapatero, lo cual no quiere decir que hubiese dejado de tener ese nivel si hubiera gobernado el PSOE. Hoy la deuda del Estado es de un 100% del PIB.

Pero hay más datos: los españoles ingresan ahora mucho menos dinero por salarios que cuatro años antes. La devaluación salarial se llevó 40.000 millones de euros, que viene a ser cinco veces el presupuesto anual de la Xunta o, si se prefiere, una cifra equivalente a todo lo que se recaudaba en los años de bonanza por el impuesto de Sociedades en toda España. Cifras astronómicas que después ayudan a comprender la precariedad de la clase media y la pobreza de las clases más populares, castigadas tanto por el paro como por los bajos sueldos.

El problema de fondo –sustituir la construcción por otra actividad- no se ha resuelto y, por tanto, no hay que descartar que la economía se complique. La suerte de España es que ha tenido la ayuda del Banco Central Europeo, mediante compras masivas de deuda, y que ha bajado el precio del petróleo. Todos saben que gobierne quien gobierne tendrán que hacer nuevos ajustes, pero no lo dicen. Bruselas mira para otro lado durante la campaña pero en enero tocará la campana. España no sabe a qué dedicarse y los políticos con aspiraciones de gobernar miden sus diferencias en función de su capacidad de actuación en los platós. Ninguno va a ganar por haber convencido a la gente de que tiene un nuevo modelo económico creíble.

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