¿Sólo cambio climático?

Hoy sabemos que nuestros sucesores en el mundo globalizado van a vivir peor que nosotros. Sabemos que la sociedad del bienestar soñada se ha quedado anclada en nuestra generación y, por tanto, nuestros hijos y nietos van a tener más dificultades para estudiar, trabajar y disfrutar de las que tuvimos nosotros. Que no fueron pocas. Esto es tan falso como real. Falso porque la uniformidad no existe y los hijos ricos tendrán más oportunidades. Y real porque los hijos pobres estarán más desprotegidos. Simplemente se ha roto la cadena que tiraba hacia la igualdad.

Una cadena con anillos muy diversos donde únicamente un factor pudiera perjudicarnos a casi todos por igual. El de la degradación del planeta. Algo denominado genéricamente cambio climático donde otras muchas circunstancias hacen mella perjudicando las condiciones idóneas de nuestro hábitat. Se dice que si destruimos la casa común todos seremos víctimas. Pero también en esto pienso que unos lo serán más que otros y la supervivencia no resultará fruto de la fortaleza física de los individuos sino de su poder económico.

El ejemplo inmediato está en la Cumbre del Clima de París. La reunión ha concluido con acuerdos muy interesantes y con puntos conflictivos para seguir discutiendo hasta que el sol se apague. Sin embargo, lo más significativo es ver como los acuerdos son producto de la buena voluntad, de la simulación y de la guerra de intereses. Acuerdos, a la postre, por razones de estrategia política de los más poderosos, esto es, los más ricos.

La posible subida del nivel de los mares, de la temperatura global con el aumento del calentamiento y la sequía de los países con problemas hidrológicos, el incremento de las catástrofes naturales, el enrarecimiento de la atmosfera… se palían con un calendario y un precio. Se ven y atacan con lentes de cercanía. Con resoluciones ineficaces a medio y largo plazo. Y siempre con la hoja contable del haber y debe sobre la mesa.

No obstante en la palestra de París se ha encendido una luz roja. Grupos de multinacionales han avisado de las grandes pérdidas económicas que ya acarrea el cambio climático. Se ha advertido de su influencia sobre el consumo: agua, productos de aseo, comestibles precocinados, manufacturados agrícolas, renovación de prendas y electrodomésticos, etc. Han advertido sobre las catástrofes recientes donde las pérdidas de comunicaciones, infraestructuras, servicios, se han transformado en números rojos irrecuperables a medio plazo. La alarma no se ha llevado a la pizarra de los asuntos más visibles pero tampoco ha pasado desapercibida. Cabe pensar, por tanto, que si el cambio climático pasa a cotizar en Bolsa quizás nuestros herederos aún tendrán la oportunidad de sobrevivir dignamente.

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