Inquietud empresarial

El mayor riesgo para la recuperación de la economía española es el político. Así lo llevan advirtiendo desde hace algún tiempo no pocos organismos  internacionales –entre ellos, la OCDE– y así lo señalaba días atrás el gobernador del Banco de España, Luis María Linde.

En realidad,  las grandes empresas ya han tomado buena nota de ello,  hasta el punto de que de un tiempo a esta parte buena parte de las mismas han ralentizado sus proyectos de inversión: ochenta acuerdos de fusiones/adquisiciones menos que el año pasado y una caída del 29 por ciento en volumen de inversión. Es el balance que hoy por hoy ofrece alguna de las principales consultoras. Una tendencia a la baja que, por cierto, no se registra en el conjunto de la economía mundial y que es fruto, por tanto, de la incertidumbre interna.

Primero fueron las elecciones catalanas de septiembre y el órdago independentista que plantearon. Ahora se está a la espera de los resultados del domingo. En verdad no preocupa tanto la economía en sí cuanto la posibilidad de que el futuro Gobierno no esté apoyado por una sólida mayoría en las cámaras legislativas  e, incluso, que lo integre una amalgama de formaciones  con visiones harto distintas.
Lo sucedido en Portugal, donde toda la izquierda que se presentó por separado confluyó después para descabalgar al vencedor de las elecciones, muestra que los mercados justamente recelan de los pactos contra natura y más si de ellos forman parte, como en el caso del país vecino, partidos extremistas y con planteamientos anticapitalistas.

No creo que aquí se llegue a un triunvirato anclado en la izquierda, en una especie de “juntos por el no”; el “no” a la continuidad del PP en el gobierno. Pero no está nada claro lo que pueda suceder. La fragmentación electoral, que se consideraba circunscrita a las grandes ciudades y áreas metropolitanas, ha avanzado mucho más allá de las zonas urbanas para adentrarse también en los espacios geográficos menos  poblados del país. El último sondeo del CIS así lo ha señalado y tal vez a ello se hayan debido ciertos cambios de estrategia en la campaña por parte de los partidos. De esta forma, en las circunscripciones pequeñas –una veintena larga– la asignación del último escaño se va a definir por un puñado de papeletas; circunstancia esta que introduce un elemento de incertidumbre a mayores. Ello exigirá al elector que se asegure muy bien sobre a quién da su papeleta.  Porque hay destinatarios de los que a estas alturas no se sabe si, llegado el caso, virarán hacia la derecha o hacia la izquierda. Con el consiguiente peligro de que el voto que se les conceda termine en no se sabe dónde.

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