¿Por qué no alarma la hucha de las pensiones?

El llamado Fondo de Reserva de la Seguridad Social, más conocido como la hucha de las pensiones, fue creado por el Gobierno de José María Aznar (PP), que la dejó con unos 19.000 millones de euros cuando se fue de La Moncloa. El sucesor, José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE), elevó esa cifra hasta los 67.000 millones de euros. Ni siquiera en los años que le tocaron de crisis retiró un euro para pagar pensiones o pagas extraordinarias. Con Mariano Rajoy (PP) de presidente, la hucha se está quedando sin fondos y, según cálculos del economista Santiago Niño, a este ritmo no aguantaría más de tres años y medio, cuatro años como máximo. La situación incluso podría ser más grave si surgiese cualquier eventualidad negativa con la deuda pública española, ya que el Fondo de Reserva de la Seguridad Social invierte en deuda y si ésta pierde valor sus activos se contraerían más y de modo más acelerado

Un problema así debería ser un asunto central de la campaña electoral, máxime cuando el nuevo Gobierno tendrá que afrontarlo sí o sí, a riesgo de quedarse sin fondos en la Seguridad Social. Pero, misteriosamente, ningún partido quiere entrar en el tema. Ni siquiera cuando estos días se ha sabido que el Gobierno de Rajoy ha vuelto a meter la mano en el fondo de reserva de las pensiones para poder pagar la extra de diciembre.¿A qué se debe esta preocupante situación, convertida en tema tabú? Dicho en pocas palabras: se debe a que el número de personas ocupadas está aumentando pero de forma precaria. Para el economista Santiago Niño, los contratos son cada vez peores y los salarios más bajos, lo que da lugar a una menor posibilidad de cotizar a la Seguridad Social, así como a una menor posibilidad de consumo y de pagar impuestos.

Pero se hable o no del tema en esta campaña electoral, el próximo Gobierno se va a encontrar con este grave problema, que en principio debería ser un asunto de Estado en coherencia con el espíritu del Pacto de Toledo.

La mejor solución sería acelerar el crecimiento económico y subir los sueldos de los nuevos cotizantes pero las cosas no están yendo precisamente por ahí. España es un país en el que consumen los mayores y no los jóvenes, lo cual es un contrasentido económico. La explicación es evidente: los mayores tienen sueldos de los de antes y los jóvenes ganan muy poco, tan poco que en España ya hay personas con trabajo que no llegan a fin de mes.

Cuando se habla de si un político ha estado bien o mal en un debate rara vez se le juzga por lo que dice, sino por cómo lo dice. Es tal la frivolidad en la que se ha instalado la política que es posible centrar los debates en asuntos de segunda fila, sin abordar aspectos esenciales de la vida las personas. El ejemplo de las pensiones es más que revelador, pero hay más, como el propio modelo de crecimiento, que a menudo se zanja con unos segundos.

España sigue sin saber a qué puede dedicarse para generar riqueza y repartirla. Lejos de invertir tiempo en ese problema -el origen de todos los males del país-, se habla de las consecuencias. La desfachatez, generalizada, llega al extremo de que cuando se valoran los datos del paro –algunos lo hacen en positivo-, pasa inadvertido que la supuesta mejora siga ligada a la construcción, cuando se suponía que el ladrillo debe pasar a la historia económica del país, resituando su dimensión en una medida similar a la de cualquier país desarrollado, de modo que no haya más burbujas.

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