De debates y carteles

No me sorprende que Soraya Sáenz de Santamaría sustituya a Mariano Rajoy en un debate con tres líderes más jóvenes y dinámicos que él. Sí me sorprende ver la imagen de la vicepresidenta pidiendo el voto en las banderolas de las principales ciudades e, incluso, en la propia puerta de la sede del partido en la calle Génova. Es la primera vez que en el PP se producen estos dos fenómenos durante una campaña electoral en la que la ciudadanía se ha de pronunciar por la elección del presidente del Gobierno español.

Que Mariano huya del enfrentamiento con Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias se acomoda perfectamente a su carácter político de avestruz. Es un rasgo, incluso, clasista. De desprecio a los rivales escudándose en la vieja lógica de ser el presidente del Gobierno y de enfrentarse solo al líder de la oposición. Algo que huele tan rancio como inoportuno. La campaña electoral ya no se rige por los vectores del pasado inmediato. Las claves son otras y no aceptarlas es también un desprecio al electorado.

PP y PSOE se llevan la palma en las preferencias de los mayores de 55 años. Son quienes, de momento, les van a permitir subirse a los dos escalones más altos del pódium. Sin embargo, los socialistas están consiguiendo mantener el pulso en las edades maduras y jóvenes no obstante de la irrupción de Podemos. Mientras, Rajoy se desangra en esos sectores por la herida de Ciudadanos.

Soraya se ofrece, por tanto, como una venda de urgencia, una tirita con la cartela de «somos equipo» cuando todo el mundo sabe que el votante conservador de todas las edades vota líder. El temor de Mariano, por tanto, al no acudir a un debate de cuatro colores lo descalifica, incluso, en la zona más joven de su electorado. Es más, si los otros tres candidatos tuvieran la inteligencia y el valor de ningunear a Soraya, y no debatir con ella aunque esté presente, dejarían claro que la propuesta del PP para la presidencia del Gobierno sigue siendo un plasma.

Además, la historia del debate junto con la aparición de Soraya en la cartelería ha destapado el cesto de Pandora en las filas conservadoras. Muchos afirman que con esta actuación Rajoy se da a sí mismo por amortizado y, antes de tiempo, está entregando el testigo a la vicepresidenta. Está anunciando que no gobernará en minoría aunque sea la lista más votada.

Los más suspicaces también ven en esta puesta en escena dual la primera concesión a Ciudadanos para obtener su apoyo postelectoral. Es decir, si se cumplen las encuestas y Rivera pone como condición la no continuidad de Rajoy, el PP le serviría su cabeza en la bandeja de plata de Soraya Sáenz de Santamaría.

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