Pacto educativo

El pacto escolar que tanto se demanda parte, a mi entender, de un principio válido, pero también de una percepción no muy ajustada a la realidad. De la máxima de que la educación tiene que ser un tema de Estado, de gran consenso y estabilidad. Y así mismo, de la estimación de que en nuestro país vienen proliferando en exceso las leyes regulatorias.

Cierto es que desde 1970 (Ley general de Educación, de Villar Palasí) llevamos otras cinco grandes normas orgánicas sobre el sector. Pero no es menos cierto que desde aquella primera de 1985 (la LODE de Felipe González, Maravall y Rubalcaba) han pasado treinta años. Y que de ellos, veintiocho han estado bajo legislación socialista, con la LOGSE (1990) como gran referencia. Sólo dos, los dos últimos, han tenido y tienen ley promovida por el PP: la LOMCE, del ministro Wert, que el PSOE se apresta –dice- a derogar en cuanto pueda. Por consiguiente, no han sido tantos los modelos ni tantas las fluctuaciones legales habidas.

Aun así, pudiera estar justificada una mayor perdurabilidad o permanencia del sistema. Parece una aspiración bastante generalizada, no sólo en el ámbito político, sino también en el profesional. Es muy de suponer que el pacto esté en todos o casi todos los programas electorales. Y el reciente congreso nacional de la enseñanza privada lo ha llevado a la primera de sus conclusiones: un pacto por la educación que evite los perjuicios de los vaivenes políticos, aleje la educación de las ideologías y fortalezca los valores cívicos.

El pacto, sí, es posible. ¿Pero factible? Eso ya es otro cantar. En realidad muchos lo ven tan lejano como deseable. Muchos son y muy dispares los criterios al respecto de los principales partidos. Sobre los puramente instrumentales no sería muy complicado llegar a un consenso: reválidas, sí o no; con efectos académicos o como simple orientación; itinerarios, antes o después; ratios alumnos/profesor; estrategias frente al fracaso escolar y otros. Todo eso –creo-no sería muy complicado de acordar.

Muy otro problema habrían de ser los criterios inspiradores, que inevitablemente estarían teñidos de ideología porque no puede ser de otra manera en un ámbito tan sensible para la persona y para la propia sociedad como el que nos ocupa: escuela única, pública y laica o escuela en libertad; iniciativa o dirigismo; complementariedad de redes o subsidiariedad de la privada en relación con la pública; protagonismo de las familias o de las Administraciones educativas; formación de futuros profesionales o también de personas. Ahí está la dificultad del pacto. O hoy por hoy, su lejanía y escasa probabilidad.

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