Educación y competitividad van de la mano

 Educación y competitividad van de la mano, pero en España se asocian poco educación y economía, a diferencia de los países más avanzados, donde se entiende el concepto capital humano como la capacidad productiva de una persona como generadora de renta y riqueza. En el discurso político de Barack Obama es toda una constante.
En una economía desarrollada, la inversión más productiva y con rendimiento más creciente es la inversión en capital humano en sentido amplio, que va desde inversiones en infraestructuras que mejoren la salud y la comunicación hasta en educación primaria, secundaria, universitaria y en investigación y desarrollo. La acumulación de capital humano es aún más importante para el desarrollo que la acumulación de capital físico. De estas palabras del economista Guillermo de la Dehesa se desprende que lo que hagamos con la educación marcará el rumbo de la economía y el bienestar, de ahí que sea tan importante —para todos— lo que se haga finalmente con la reforma educativa en España.

Solo el cambio de la formación profesional puede marcar un antes y un después en la economía española, pero también todo lo que se haga en otros frentes educativos, donde por no existir ni existe consenso político entre los dos grandes partidos que se vienen alternando en el Gobierno. ¿Lo habrá tal vez tras el 20-D? Nada hace prever que sea así. Ni siquiera se habla de este tema.

España ha sido capaz de alcanzar un fuerte incremento del número de graduados pero sus titulaciones no se adecúan a las demandas de empleo, de ahí las dificultades para encontrar trabajo. Los alemanes, por ejemplo, tienen en proporción menos graduados, pero de sus aulas salen muchos más técnicos profesionales, que sí encuentran trabajo y contribuyen a elevar la productividad de su país. En general, las economías europeas del norte, como la alemana, son capaces de aumentar la competitividad de sus productos, mientras que las economías del sur –entre ellas la española- tienen muchas dificultades para equilibrar sus cuentas con el exterior; es decir, son poco competitivas en la economía global.

Tampoco un menor porcentaje de universitarios lastra las economías más desarrolladas de Europa. Al contrario, el porcentaje que tienen es suficiente para conseguir otro gran objetivo económico, que visto lo visto no es cuestión de cantidad sino de calidad: países como Alemania son capaces de aumentar la competitividad de sus productos gracias a una mayor adquisición de conocimientos.

Ya en 2012, la compañía automovilística Seat, de propiedad alemana, decidió dar un giro en su escuela de aprendices. Inspirada en el modelo alemán, empezó a aplicar el llamado sistema de formación profesional (FP) dual, que combina la formación teórica y práctica. Los alemanes pretendían que esa experiencia en Seat marcase pautas en España, pero no ha sido así. Y cuesta mucho que sea así, por diversas razones.

¿Qué le planteó Alemania al Gobierno español y a la patronal CEOE? Algo muy concreto: una enseñanza profesional teórica en un 30 % y práctica en un 70 %, como en Alemania, cuyos porcentajes son inversamente proporcionales a los españoles. ¿Y cuál es el problema? Pues que la CEOE se resiste a asumir lo que hacen los empresarios alemanes: pagar a los estudiantes, que en el caso alemán reciben unos 500 euros al mes. Dicen los empresarios españoles que no tienen dinero y que mejor que se lo piden a Bruselas.

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