Cambio de ciclo

 

Una legislatura que acabó y un nuevo ciclo que comienza. Este podría ser el gran titular de la crónica política de estos días, a sólo tres semanas de las elecciones generales del 20-D. Atrás han quedado cuatro años que, salvando el cambio de régimen que supuso la Transición, bien pueden ser tenidos como los más intensos de las últimas cuatro décadas.

Crisis económica, recortes sociales y desigualdad creciente. Escándalos de corrupción que afectaron a prácticamente todas las principales instituciones del Estado. Desafíos secesionistas. Abdicación del rey Juan Carlos y proclamación de Felipe VI. Partidos emergentes y antisistema. Muerte de Adolfo Suárez, conductor de la Transición primera, y de Manuel Fraga, el gran patrón de la derecha democrática.
Al final de la legislatura sólo queda como personaje de un ciclo anterior el actual presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, quien, salvo a muy última hora, ha dedicado todos sus esfuerzos a reconducir el tremebundo desequilibrio fiscal que en herencia le dejó el zapaterismo. Y que en buena medida ha logrado encarrilar. Evitó el rescate integral de la economía española y concluyó su mandato pudiendo exhibir un PIB que crece y un paro que baja.

Que el Partido Popular va a perder muchas posiciones parece fuera de duda. Sucedió ya en las municipales y autonómicas. En las generales de hace cuatro años la derecha que encarnaba el PP alcanzó una victoria inusual, por aplastante, en un país de mayoría social a la que el cuerpo le pide votar izquierda. Una mayoría social que llama a la derecha a gobernar cuando el socialismo ha dejado todo al borde de la ruina, pero que luego se la quita de encima en cuanto puede. Fueron unos resultados que si ya en cualquier otra circunstancia no estarían llamados a repetirse, menos habrán de estarlo dentro de tres semanas.
Las generales del ya cercano 20-D están siendo consideradas como las más cruciales de las diez que han seguido a la legislatura constituyente de 1977. Y así muy bien puede suceder habida cuenta –a tenor de todos los vaticinios– de su incierto resultado y, sobre todo, de que el marco político que nos espera será muy distinto.

Por primera vez los próximos comicios arrojarán un vencedor no ya con mayoría absoluta, sino muy probablemente ni tan siquiera con mayoría suficiente como para moverse en solitario con relativa comodidad. Por primera vez el inquilino que llegue a Moncloa se verá obligado a compartir el poder como no lo ha tenido que hacer ninguno de sus predecesores. Y lo que es más trascendente: los elegidos iniciarán con toda probabilidad un nuevo ciclo político. Una segunda Transición. No tiene –creo– por qué tenérsela miedo. En todo caso, es de vital interés quién la pilote.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar