Aquellos días malditos

Casi en paralelo escucho al Fiscal Superior de Galicia, Fernando Suanzes, y al portavoz del BNG, Francisco Jorquera. El primero defiende con inteligencia y cordialidad la labor de los fiscales en medio de la tormenta de juicios mediáticos que vivimos, luego apela a la presunción de inocencia como base de la convivencia, del equilibrio social y del respeto a la intimidad de los individuos.

El segundo, inflamado con la misma santa razón de un obispo medieval, utiliza el altavoz del Parlamento gallego para dar pábulo a la acusación de una mujer contra un político contrario, cuya figura se denigra sin aguardar al veredicto de la Justicia, enarbolando una ética inquisitorial (tenga la razón quien la tenga), que nada tiene en común con el ejercicio de la dialéctica política de izquierdas.

Ambas asuntos me saben a viejo. En los años ochenta tuve ocasión de vivir la crucifixión de un alcalde amigo al que la oposición, no pudiendo acusarlo de mala gestión, lo atacó por el camino especulativo de su vida privada. Saltaron a la palestra sus normales desavenencias conyugales –debidas al diagnosticado desequilibrio mental de la esposa–, separación, divorcio y nueva relación sentimental con una subordinada… como si de una tragedia contra natura se tratara. El drama se agudizó con el fallecimiento de la desafortunada mujer y las acusaciones de culpabilidad contra el político. Destrozada su carrera, destrozada su vida y relación familiar, desapareció de la vida pública. Alguien pasó página y se apuntó unos tantos en su haber incendiario.

Tales sucesos dieron pie a mi novela Aquellos días malditos (editorial SM, colección Gran Angular, 1977). En ella el argumento no es idéntico pero el trasfondo y los padecimientos de los personajes sí lo son. Escuchando a Suanzes y a Jorquera, dos décadas después me espanta comprobar como el fariseísmo (visto desde la perspectiva cristiana) se ha apoderado del discurso político. O mejor, como lo ha arrinconado en el cajón de los trastos invendibles. Quizás sea cierto que vende más la soflama imprudente de Jorquera que la prudencia que pide el Fiscal Superior, pero es incontestable que el ejercicio de la demagogia solo produce monstruos, que nada tienen que ver con el sueño goyesco de la razón.

Hace tiempo que vamos por mal camino convirtiendo los foros institucionales en púlpitos éticos infalibles. Esto pone diáfanamente de manifiesto las debilidades ideológicas con las que operan las fuerzas políticas que nos representan. Viendo al Parlamento convertido en un gallinero, en un patio de vecindad, en una pretendida hoguera purificadora, al ciudadano solo le cabe pensar que las ideologías han muerto y que el espíritu del Santo Tribunal de la Inquisición, abolido en 1834, sigue vigente. Quien quiera entender que entienda.

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