Oroza en el corazón

Por el Paseo de Recoletos bajaba una brisa otoñal la tarde que conocí a Carlos Oroza, allá por los años setenta del pasado siglo. Había quedado con Laxeiro y Lala en el Café Gijón para tomar un café y hablar de Galicia. Al de Lalín le encantaba saber que se cocía en Vigo durante sus ausencias y, además, disfrutaba haciendo de anfitrión. Allá al fondo, en su mesa habitual, estaban los tres. Naturalmente discutiendo de cualquier cosa sin importancia. Pero discutiendo.

No me equivoco si digo que había oído hablar de Carlos pero no le tenía en el magín. Calculo que aquella tarde rondaba los cincuenta años y llevaba sobre su cabeza la aureola del mito. Dijeron que vivía a cuerpo de rey con una marquesa, que había inventado aquel eslogan de “la imaginación al poder”, que una editorial le había adelantado una importante suma por un libro de versos que nunca entregó, que era un dandi. Lo otro no sé, pero lo último sí es cierto.

También es cierto que tenía grandes amigos en los rincones más diversos y canallas de la sociedad capitalina. Andando el tiempo tuve el gusto de que me presentara algunos y algunas, antes de refugiarse definitivamente en Galicia, desarraigado y, quizás, desencantado de la bohemia madrileña. Cómo sobrevivía en Vigo y sus alrededores siempre fue un misterio. Quizás su parquedad, quizás el sentido monástico adquirido en las últimas décadas de su existencia, quizás un desapego a todo lo material e insulso… Ahorraba en todo menos en palabras y críticas. El inconformismo era la flor preferida en su solapa.

Verlo paseando sus soliloquios por Vigo era una estampa habitual que muchos echaremos de menos. Invitarlo a un café y escuchar por enésima vez cualquiera de las fobias que alimentaba, será un gozo que deberemos guardarle como memoria. No podremos asistir nunca más a sus recitales y nos quedará la idea de que el rapsoda se comió al poeta. Muchos de sus versos habrán muerto con él. Carlos se ha ido con 92 años, sin hacer ruido, en este otro otoño loco. Y yo, de pronto, me descubro casi haciendo una necrológica de las que tanto detesto. Él no me perdonará estas líneas y cuando se tropiece con algún amigo común, allí donde quiera que esté, me pondrá de chupa de dómine.

Le hice mi homenaje particular en mi novela Martázul. Allí aparece escenificando el famoso juego, que solía hacerles a las chicas que entraban en el Café Gijón.

-Señorita –les decía-, le cambio una sonrisa por un café.

Ellas reían y Oroza completaba.

-Perdone, señorita, la sonrisa la pongo yo.

Y hasta ligaba. Cuando salió la novela le prometí regalársela. Me retrasé y un día me dijo que no me preocupara, que ya la había leído. Me extrañó que la hubiera comprado.

-¡No! –contestó-. La leí a ratos en La Casa del Libro.

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