Lecciones de París

Aunque cada uno con su peculiaridad, los atentados yihadistas o de Al Qaeda obedecen a un mismo hilo conductor

Aquel “martes negro” de 2001 ha pasado en la historia como referencia de un antes y un después. Primero porque fue y sigue siendo el mayor atentado en términos de vidas humanas. Pero también por sus por sus repercusiones globales. El mundo se conmocionó aquel 11 de septiembre cuando terroristas de Al Qaeda lograron secuestrar, pilotar y estrellar dos aeronaves comerciales contra las Torres Gemelas de Nueva York y otra contra un ala del Pentágono, en Washington.

Se había franqueado el umbral de lo impensable. El mundo tuvo ya la impresión de que aquel ataque no habría de ser sólo el primero; que se podría de reproducir, en otros lugares y en otras circunstancias. Lo que sucede es que en la vida convivimos con el miedo, pero al final lo filtramos. Al final, tendemos a olvidarlo. Y es lo que creo que los atentados de París han venido a arraigar de manera nítida en la conciencia de nuestros años: que nadie, ni áreas geográficas, ni países concretos ni ciudadanos de a pié estamos libres de vernos inmersos en tan mortíferos avatares.

No es que no tengamos antecedentes suficientes al respecto: Madrid (2004), Londres (2005), Bombay (2008), Kampala (2010), Nigeria (2014), Pakistán, Yemen, Kenia, Turquía… Y casi antes de ayer, con el avión ruso derribado en pleno vuelo sobre el Sinaí y un hotel asaltado en Malí. Pero hasta que el terror no golpea de nuevo, no somos conscientes de la cruda y despiadada realidad.

Lo que también han venido a confirmar los atentados de la capital francesa es que estos actos de terrorismo de signo yihadista o de Al Qaeda no son obra de pobres ciudadanos marginados en los suburbios de las grandes capitales occidentales que algún día se radicalizan y pasan a la acción. No. Son obra de profesionales, que planifican primero, acuerdan después y terminan por ejecutar sus golpes.

Tres comandos, como en París, actuando al unísono con previo concurso de otro que ha realizado labores de inteligencia suponen toda una operación que no se improvisa. Y que creo no cabe vincular en exceso con acciones bélicas inmediatas. Los atentados de Madrid, por ejemplo, se decidieron en 2001 en Karachi y se ratificaron al año siguiente en Estambul, mientras que la guerra de Irak con la que se pretendieron relacionar se iniciaría en 2003.

Aunque cada uno con su peculiaridad, no se trata de episodios aislados, sino que obedecen a un mismo o similar hilo conductor. Quiero pensar, pues, que en las presentes circunstancias algunos estarán –o deberían estar- más que avergonzados de aquel su comportamiento cuando en las vísperas del 14-M, tras las bombas de Madrid, salieron corriendo a asediar las sedes del PP para forzar que éste perdiera las elecciones.

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