Poderosas minorías

La Candidatura d’Unitat Popular (CUP) cuenta con un 8,21 % de los votantes catalanes. Un porcentaje que le ha permitido sentar en el parlamento autonómico a solo diez parlamentarios con un poder descomunal para circular por el desfiladero en el que Mas ha metido a Cataluña, luego de destruir a CiU, de no conseguir el respaldo del que presume y de huir hacia el precipicio de la nacionalista política anacrónica.

La CUP, organización asamblearia y antisistema –se autodenomina de izquierdas–, tiene sobre su mesa el destino de siete millones quinientas mil personas, respaldados por unos seguidores que solo suman 337.794 votantes, lo que representa un 4,5 % de la población. Nada nuevo en este Estado donde las minorías han tomado el poder gracias a la aritmética, al pasteleo y al chantaje político. Sin embargo nunca, como en esta circunstancia rupturista, se ha mostrado tan atroz el error tejido en la transición para dar voz, votos y evitar la marginación de los partidos minoritarios.

Parece, y es democráticamente justo, que no siempre el pez grande de las ideas se coma al pequeño. Pero es más injusto aún que sea el pequeño quien marque, remarque y obligue los pasos de la mayoría. Entra dentro de la razón que un partido bisagra negocie, obtenga espacios de poder y aspire a ser hegemónico. No es aceptable la cesión sin límites del mayor al menor para detentar el poder, porque de este modo se convierte en ilegítimo.

El caso de la CUP ha magnificado sobre el terreno de juego una práctica común, tolerada en ayuntamientos y diputaciones, donde la transcendencia se nos antojaba liviana. Ahora corresponde decir que semejantes actuaciones son en realidad irresponsables y contrarias a la voluntad ciudadana. En democracia el pez chico no debe comerse al grande con la inmisericordia que día a día contemplamos sin mover un dedo para corregir el desaguisado.

La fragmentación representativa, que vamos a vivir durante la próxima década en todas las instituciones, deparará sorpresas y avatares no siempre útiles para la buena gobernanza de la sociedad española. Mucho me temo, como la experiencia enseña, que la justa racionalidad de la aritmética en el equilibrio político e ideológico de fuerzas acabe siendo un zoco árabe.

¿Qué hacer? Evidentemente, cambiar las leyes electorales, los obsoletos mecanismos de representación, recurrir a la segunda vuelta, propiciar las listas abiertas, permitir a los partidos más votados gobiernos más ágiles y poderosos… Y sobre todo, no tener miedo a perder o no alcanzar el poder coyuntural evitando así cesiones impropias. No obstante, una vez más en nuestra tradición, el problema está vivo y la solución llegará tarde.

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