Gobiernos inestables

Desde la distancia, ni quito ni pongo rey en el pulso que el alcalde de Santiago, Martiño Noriega, y su Compostela Aberta (CA) se traen con el PP y el PSOE. Es comprensible la contrariedad de los primeros ante el hecho de que populares y socialistas no sólo le hayan echado atrás la pretensión de subir el impuesto de bienes inmuebles (IBI), sino de que unieran sus votos para rebajar dicho gravamen en la misma medida en que se pretendía incrementar. Una rebaja que reducirá no ya las expectativas de ingresos del concello, sino incluso las entradas económicas actuales en 2,7 millones. Los reproches mutuos no se han hecho esperar. El equipo de gobierno ha puesto en duda la limpieza democrática de lo que considera una moción de censura encubierta por parte de la oposición y ha puesto sobre la mesa la “alta probabilidad” de vincular a una moción de confianza la aprobación de los presupuestos municipales para el año que viene.

PP y PSOE, por su parte, hablan de un ejercicio de democracia (13 votos contra 10), al tiempo que apuntan que se pueden mejorar los ingresos a través de una gestión fiscal más ágil e incisiva con el fraude fiscal y a través de transferencias de otras administraciones. No están los tiempos –dicen– como para cargar más contra el contribuyente. Y recuerdan que Santiago es la segunda ciudad gallega con mayor carga fiscal. Lo malo es que llueve sobre mojado y que, pese a haber sido este el primer gran revés al frente del gobierno local, Martiño y su CA no olvidan lo duro que en el arranque del mandato fue la negociación para echar a andar la organización municipal. Nada especial, por otra parte, de Compostela, porque aquí, en María Pita, viene sucediendo algo parecido, aunque da la impresión de que los caracoleos del PSOE, una eventual mejor cintura del alcalde Ferreiro o ambas cosas a la vez no están llevando tan lejos las disfuncionalidades de gobernar en minoría.

Y es que en la legislatura autonómica y local que se inició con las elecciones de mayo se ha impuesto la–perversa moda de que el mismo partido bisagra que ha dado su voto para investir como presidente o alcalde a un cabeza de lista ajeno a la suya, luego no asume responsabilidades de gobierno, sino que se queda fuera para hacer oposición al mismo partido al que ha sentado en el sillón de turno. Estas estrategias un tanto incomprensibles están generando gobiernos en minoría permanentemente inestables y situaciones anómalas como que, a la hora de la verdad, quien gobierne sea la oposición. Absurdo.

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