En Cataluña se pone el sol

 Doña Casimira de Haro, mi excelente profesora de historia, solía decir con énfasis que en “el imperio de Felipe II nunca se ponía el sol” y atribuía al Austria/Habsburgo la frase. Luego tomaba una bola terrestre y nos señalaba los territorios del reino, desde Europa a Filipinas, para certificar el dicho. En aquellos años de mi bachillerato, hablar del Imperio español se hacía con entusiasmo y no se nombraba la suspensión de pagos decretada en 1576. Consecuencia del derroche y de las guerras de religión contra los calvinistas de los Países Bajos y otros. Ahí empezó el ocaso, justo cuando en aquellos territorios los súbditos se levantaron contra la ley y la legalidad vigentes.
Apenas se nos daban noticias del desastroso reinado del indolente Felipe III, conducido por el duque de Lerma, magnífico gran corrupto, mientras se perdían los dominios del Mediterráneo. Ni tampoco de la secesión de Portugal bajo el reinado del idiota Felipe IV, por aquel 1640 empeñado en una guerra contra Cataluña y media Europa. Portugal se desgajó para siempre no por la ambición del duque de Braganza, luego Juan IV, sino por las subidas de impuestos, la prepotencia del Gobierno de Madrid y la impericia de la virreina Margarita de Saboya, representante en Lisboa de su primo el Rey.

A partir de 1808, los desatinos del cazador Carlos IV, las felonías de Fernando VII y, ante la invasión francesa, el gusto que las Juntas de Gobierno le cogieron al poder, en los territorios de América también se ocultó el sol tras las sombrillas de Bolívar, San Martín y otros que mandaron la ley y la legalidad al cesto de la basura. 1898, final de aquellas colonias, sirvió para dar nombre a una generación de escritores. Un buen gesto político-cultural.

¿Qué sucedió con los territorios de África, causantes de tantas muertes y pérdidas económicas? Lo hicimos fatal en el Rif, con el protectorado de Marruecos, en Guinea, con el Sahara… A la legalidad le dieron las vueltas necesarias para que Alfonso XII no interrumpiera sus devaneos donjuanescos, ni la dictadura de Franco fuera aún más ilegal ante la ONU. Fraga firmó el adiós en Guinea y Hasán II recibió el reinado de su amigo Juan Carlos I con la Marcha Verde.

Ahí parecía haber concluido la puesta de sol en el imperio de Felipe II. Pero no. Faltaba el estrambote de Cataluña enfrentada al democrático Estado español, porque cuatrocientos treinta años después políticamente seguimos siendo tan prepotentes, leguleyos, ineptos, sordos y cainitas que no hemos aprendido nada del pasado. Es más, me atrevo a decir que los actuales gobiernos de la Moncloa y de la Generalitat -con sus leyes, perversiones y corrupciones-, son para nuestra desgracia vulgarmente anacrónicos. Menos mal que nos queda Perejil.

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