De repollo y centollos

 Navegamos con la creencia de que el disparate de algunos catalanes acabará eclipsando la campaña electoral, beneficiando al PP, perjudicando a las fuerzas emergentes, subiendo al PSOE a la cuerda floja del funambulismo, apuntillando a IU y empujando a Rosa Díez a apagar la luz de UPyD.

Puede que esa simpleza de análisis acabe siendo cierta y que ningún partido encuentre su verdadera identidad frente a esta encrucijada histórica. Yo tengo para mí que el problema estaría resuelto si en los centros de poder político tuviéramos verdaderos hombres/mujeres de Estado en lugar de ocurrentes concursantes de Gran Hermano y divertidos malabaristas del “más difícil todavía”.Deténgase usted y observe. Desde que la caza del voto asomó las orejas entre la floresta del calendario no hemos parado de ver payasadas en todas las dimensiones imaginables. Nuestros líderes se han calzado el disfraz de “personas normales, transparentes y honradas” y se han ido a los supermercados a comprar repollos y centollos con la misma impericia de un mal actor secundario. Me gustaría no compararlos con “las castas” del pasado, aquellas que nos sacaron de la dictadura para llevarnos por el camino de la democracia y la convivencia hacia el futuro, pero tengo memoria y no puedo evitarlo.

Me cuesta pensar que para conseguir votos Adolfo Suárez se hubiera subido a un globo aerostático como ha hecho Soraya Sáenz de Santamaría muerta de miedo. No me imagino a Felipe González colgado de un molino de viento como vimos a Pedro Sánchez. Ni Manuel Fraga aceptaría hacer un remedo de rally, con Jesús Calleja al volante, y acabar patas arriba en un morrocotudo accidente como le ha ocurrido a Albert Rivera. Ni Alfonso Guerra, con su verbo fácil y punzante, agarraría la guitarra y se soltaría la melena imitando a Javier Crahe para demostrar, como Pablo Iglesias, que está en forma. Tampoco veo a Leopoldo Calvo Sotelo –muy chistoso y ocurrente en la intimidad- saliendo del plasma de la mano del primo de Rajoy, aquel del imposible cambio climático, por cuyas ideas ahora pide anacrónicas disculpas el presidente.

También estoy seguro de que Jordi Pujol, haya suplantado o no a Marlon Brando, jamás rompería las reglas del juego al estilo de Artur Mas porque, incluso para pertenecer a la escuela de don Vito Corleone, hay que tener savia y talante de mando a la hora de gobernar algo. Y estoy seguro, por nombrar otro presidente autonómico, que Fernández Albor jamás cocinaría repollos con centollos como, según él mismo, Núñez Feijoo ha venido haciendo durante dos legislaturas. Con todo, esta ocurrencia no es de las peores, aunque su marinero/consejero de las Rías Baixas tenga una sonrisa parecida a la del niño electoral de Mariano.

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