No todas las claves estan dentro de España

El economista Guillermo de la Dehesa, presidente de honor del Centre for Economic Policy Research (CEPR) de Londres, alerta de que EE UU y el Reino Unido llevan ya una década invirtiendo mucho más en activos intangibles -capital basado en el conocimiento- que en maquinaria y fábricas.

El mensaje a navegantes de este hombre que dejó huella en Galicia como primer ejecutivo del desaparecido Banco Pastor viene a cuento de las llamadas cadenas globales de valor, considerando que hace 30 años la producción solo se fragmentaba dentro de bloques regionales, mientras que hoy se reparte por todo el mundo. Así, en 1990, el 60% del comercio mundial era entre países desarrollados (Norte-Norte), el 30% entre países desarrollados y en desarrollo (Norte-Sur) y el 10% entre países en desarrollo (Sur-Sur). Ya nada es igual.

China e India, entre otros países, han cambiado la economía mundial, de modo que ahora la mayor parte de los productos y servicios se producen en múltiples países y son exportados finalmente por uno de ellos. Si alguna empresa gallega ha entendido –y coprotagonizado- este proceso de cambio global es Inditex, la matriz de Zara y otras cadenas de moda. Amancio Ortega no es uno de los hombres más ricos del mundo por casualidad.

La economía europea –léase también la española y la gallega- solo tiene una salida: apostar por productos y servicios de valor añadido, que son los que necesitan los países emergentes para poder seguir creciendo en los próximos años. Si bien la Unión Europea ya subrayó en su cumbre de Lisboa de 2000 la necesidad de hacer un esfuerzo especial en I+D+i hasta 2010 para aumentar su productividad y competitividad, los resultados fueron tan pobres que podemos hablar de más de una década perdida.

Según el economista Carsten Moser, Alemania fue quizás el único país que hizo sus deberes en cuanto a reformas estructurales y la promoción de I+D+i, porque entre otros motivos la reunificación había tenido como consecuencia un aumento significativo del déficit público, que había que contener. El resultado: la economía alemana tenía una ventaja comparativa frente a los demás países europeos cuando llegó la crisis de 2008 y por eso pudo paliar sus efectos, de ahí que Alemania insista tanto en que sus socios deben acelerar sus procesos de reformas estructurales y control del déficit público, si quieren ser competitivos en los mercados exteriores.

En concreto, advierte Moser, empresas con aspiraciones competitivas deben preocuparse por su productividad -es decir, su capacidad de producir de manera eficiente en costes y sostenibilidad-, su creatividad -esto es, su capacidad de diferenciar sus productos y servicios por diseño, calidad, valor añadido y reputación de marca-, su innovación en los procesos de venta y servicios en mercados nacionales e internacionales -marketing, distribución, servicios posventa, etcétera- y su posibilidad de financiación adecuada.

Tal vez no conviene perder de vista que la crisis de España y de otros países de la eurozona obedeció a un crecimiento excesivo del endeudamiento privado, provocado por la burbuja que causó la incorporación al euro. Y esa burbuja, junto con la pérdida de competitividad internacional y las mejoras autónomas que logró Alemania, explica los desequilibrios que, a juicio de otro insigne economista, el Premio Nobel de Economía 2008 y profesor de la Universidad de Princeton, Paul Krugman, estuvieron en el origen de la crisis del euro.

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