Fábula religiosa

En el último tercio del siglo IV Valerius Arelius Sexto había sido nombrado conservador de los templos y costumbres religiosas de Roma. Dicen que era un hombre piadoso y creyente. Muy devoto de Júpiter y de Juno, su esposa, ambos padres de Marte. Los mosaicos de su mansión estaban decorados con escenas de dioses y diosas. En una pared de su dormitorio podía verse un fresco representando a Venus emergida de una gran concha marina. La misma imagen que siglos más tarde inspiraría a Botticheli. Religiosidad y encomienda habían hecho al patricio enormemente rico.

Valerius, como buen romano, respetaba el mitraísmo, en aquel momento religión oficial de la que Constantino I el grande ejercía de Sacerdote Superior, pero él prefería la tradición de los viejos dioses del Olimpo. Sin embargo no veía con buenos ojos el avance social del cristianismo, en detrimento de Mitra Sol Invictus y empujando al enterramiento a sus amados Jano, Laertes, Poseidón, Crono, Rea, Quirino, Afrodita, Cupido, Apolo, Baco, Ceres… por ello le escribió al emperador una larga carta de protesta, también leída en la asamblea general del senado.

Le preocupaba a Valerius que la nueva religión desbancara la filosofía y las creencias sobre las que Roma había edificado su imperio. Pensaba que los niños en las escuelas serían manipulados con la idea de un solo dios al mismo tiempo trino. “Esa perversa simplificación basada en la fe –decía- reducirá su raciocinio”. No podía dar crédito a la desproporción de un dios creando a la mujer de la costilla de un hombre, ni a la génesis de la humanidad, sin otras hembras, fruto de dos hermanos matándose con la quijada de un burro muerto.

A Valerius la imagen de un hombre crucificado le despertaba desconfianza, terror y escasa piedad. “Nuestros impúber –aseguraba- no podrán dar crédito a esas fantasías orientales de un dios nacido de una madre humana y virgen, o de un crucificado resucitado de entre los muertos para subir al cielo en cuerpo y espíritu, ¿qué ciencia es esa?”. Para el senador, hijo de senadores y fundadores de la patria, las nuevas creencias resultaban “vulgares, represoras y decadentes”.

Cando por fin el emperador por razones políticas decidió nombrar religión única del imperio al cristianismo y cambiar la fecha del nacimiento de Jesucristo al 25 de diciembre para solapar las de Mitra y Baco, celebradas ese día, Valerius presentó la dimisión de su cargo augurando una corta vida a quienes ocuparon las cátedras de los sacerdotes del mitraísmo y declararon falsos a los dioses del Olimpo. Quince siglos después, desaparecido el imperio, los cristianos han tomado la palabra de Valerius contra la ciencia y la filosofía modernas que vienen para sacar “las fantasías orientales” de las aulas.

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