¿Habrá globalización financiera y solidaria?

Naciones Unidas aprobó oficialmente la nueva Agenda de Desarrollo 2030. En Nueva York se expresaron muchos deseos y hubo intervenciones memorables de líderes de todo el mundo. El rey de España Felipe VI estuvo cuando menos a la altura. Su propuesta de que la globalización de las finanzas, de la tecnología o de la información debe ir acompañada por la globalización de la solidaridad, del conocimiento, de la equidad, de la libertad y de la dignidad humana es una novedosa aportación. Pena que Naciones Unidas tenga tan poco presupuesto y tanta burocracia, lo cual tampoco alivia la falta de una verdadera gobernanza mundial.

La música de las Naciones Unidas –con o sin la voz de la embajadora Shakira cantando en el principal salón de sesiones- siempre suena bien. Pero la letra de sus acciones no suele estar a la altura.Sobre el papel, la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible 2015 tiene el objetivo de adoptar formalmente “una nueva y ambiciosa agenda de desarrollo sostenible”, trascendental para que la comunidad internacional y los gobiernos nacionales promuevan “la prosperidad y el bienestar común en los próximos 15 años”.

¿Quién se va a oponer a tan buenos propósitos de los 193 líderes mundiales comprometidos a alcanzar 17 objetivos para lograr tres metas extraordinarias en los próximos 15 años: acabar con la pobreza extrema, luchar contra la desigualdad y la injusticia y solucionar el cambio climático? Pero cuando miramos a Siria o a los refugiados, a Irak, a muchos países de África y Asia, incluso a algunos de América Latina, todo el decorado se viene abajo. Las palabras clave son ahora desarrollo sostenible y ambas suenan bien, pero en un mundo de guerra y hambre parece una agenda edulcorada.

Sobre el papel hay 17 objetivos de desarrollo sostenible con 169 metas, a diferencia de los 8 Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) con 21 metas. Los objetivos son de amplio alcance, ya que se abordarán los elementos interconectados de desarrollo sostenible: el crecimiento económico, la inclusión social y la protección del medio ambiente. Es una especie de gran constitución global en cuanto a sus principios, carente de la gobernanza adecuada.

Desde un punto de vista estratégico, el gran cambio está en que los 8 objetivos anteriores se centraron en la agenda social y estaban dirigidos a los países en desarrollo, en particular los más pobres, mientras que los objetivos de desarrollo sostenible se aplicarán a todo el mundo, los ricos y los pobres.

A la comunidad internacional le cuesta menos escribir un buen guión de desarrollo sostenible que frenar guerras como en Siria, paliar catástrofes naturales como el terremoto de Nepal o combatir epidemias como la del Ébola. Si lo hiciera, sería más creíble. Y si dotase a las Naciones Unidas de la gobernanza adecuada a los tiempos de la globalización, todavía más. En ese sentido, no anduvo desencaminado el Papa al apelar con audacia a la necesaria lucha contra la desigualdad recogida en el objetivo 10: “Reducir la desigualdad entre y dentro de los países”.

En el peor de los casos, siempre quedará Shakira, embajadora de buena voluntad de la ONU, que hizo para la ocasión una versión de Imagine, de The Beatles. La globalización solidaria que abandera Felipe VI seguramente habrá que imaginarla más lenta que la verdadera globalización, que es financiera y tecnológica.

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